lunes, 31 de agosto de 2026

22/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO.

UN BILLETE.

«“COMIENZA a amanecer. Un tupido manto nuboso cubre el cielo, disminuyendo la claridad del día. El viento sopla lento, suavísimo, con debilidad de impotencia. Una capa gaseosa, baho denso, hermano gemelo de la neblina, cubre los valles y hondonadas, ocultándolos, casi, a la vista del observador. La atmósfera es húmeda. El día se presenta hosco y poco apacible.

El nuevo empleado al servicio de la Venta, ha soltado el ganado a la libertad de bosques y prados. Los animales caminan despacio, con ese paso lento y pausado que llamamos de tortuga. Braman, gruñen, berrean o balan, según su especie, con ecos de anormalidad, como afectados por la hosquedad del tiempo.

Después, en el trajín de los demás quehaceres tempraneros, sale de dejar dos cubos de leche de la recién ordeñada por sus propias manos y, al pasar por delante de una de las ventanas de las habitaciones privadas de su amada, a no mucha distancia del referido hueco, ve caer delante de él un pequeño bulto blanquecino, que casi le ha rozado la cabeza. Se agacha, lo toma y se lo guarda con prontitud y disimulo, aprieta el paso, sin mirar nada más que al suelo, y huye de aquellos contornos, para evitar posibles acechanzas o molestas observaciones.

Camina de prisa, como apartándose de algo peligroso, hasta internarse en la espesura del monte, donde las humedades campestres y la emoción que le embarga, como intuición de presagio de algo grave, le hacen temblar, como tiembla el que sale de un baño largo y frío.

Desde un pequeño altozano del bosque, pretende otear, por encima de la niebla, y escucha durante un buen rato, no oyendo otro ruido que el de las aceleradas palpitaciones de su corazón. Y cuando ha reaccionado un tanto y se convence de que por el sitio y por la hora nadie le observa ni le escucha, cae de hinojos y reza, reza durante un buen rato, con toda la unción, recogimiento y fervor que le enseñaron a sentir, pidiendo a Dios y a su Santísima Madre ayuda y protección.

Antes, durante sus oteos, ha hecho examen de conciencia, para determinar si ha de remorderle la suya por alguna de sus acciones y cree que no. En su conducta, no encuentra nada que pueda reprocharse a sí mismo; cumple y hasta se excede en su vario cometido; no desperdicia tiempo ni especie; mira como propios los intereses que se le tienen confiados; procede en todo con la mejor buena fe, poniendo de su parte, en cuanto realiza, toda su buena voluntad. Su rectitud llenaría, de seguro, la mayor exigencia. 

“El mensaje en la niebla”. Fuente: Imagen creada por CharGPT. 

Repasa su pasión amorosa. Es muy verdad que ama ciegamente a la venterita y que su amor es colmadamente correspondido. Esta afirmación ha sido ya hecha constar; pero ... ¿Es que no es lícito amar, sobre todo con la pureza del amor que su adorada y él se profesan mutuamente? ... Entiende que sí y por eso continúa alentando espiritualmente su pasión de amor y hace por conservarla siempre rediviva.

¡Que no conoce a sus padres, ni a los de su familia, y que por ello no puede ofrecer un apellido, tal vez de esos vulgares, que tanto abundan! Muy bien. ¿Era suya la culpa? ... Él no trató jamás de ocultar esa circunstancia social. Antes al contrario: ¿no lo sabía ella desde la primera vez que se hablaron? ¿No se lo tenía repetido, como a los de su familia, cada vez que la ocasión se ofreció? ...

¡Los de su familia! ... ¡Ah, los de su familia! Si a ellos sólo se circunscribiera la cuestión ... Él tenía la convicción de que sin la intervención interesada de Ansaldo y, sobre todo, de la madre del mismo, la de María, no habría de contrariar tercamente a su hija, cuando las cosas se aclararan. En cuanto al padre, tan amable y bonachón, se conformaría con la resolución de su esposa. Pero, ¡la madre de Ansaldo! ¡Buena era esta señora para cejar en su empeño de casar a su hijo con la venterita! Independientemente de que él la conocía, por el trato frecuente que existía entre aquellas familias, Julián, el cosario, con quien solía echar algunos ratillos de conversación, en los descansos naturales de sus ocupaciones, se lo tenía advertido con todo interés:

¡Mucho ojo, amigo, con esa señora! Es muy despierta y, por tos estos contornos tié fama de lista y de tozúa. En su casa no hay quien mande más que ella. Por eso en esa Casilla de Peones Camineros no hay quien puea viví na más que esos tíos suyos, que por su edá tien que supeditarse a sus mandatos y decisiones. Esa señora no hay día de que ha olío lo de tus quereres, porque te advierto, chavá, que aunque los dos lo sabéis disimulá bastante bien, cualquier persona avispá, como te repito que es ésa, tié que haberlo descubierto. La niña, sobre , se quea algunas veces tan reguiñá en el mirá que, vamos, cualquiera sabe lo que quié decí. ¡Como que por eso se habrá colao en la casa! ¡Pa atisbarlo to, mejó!

Sí; pero esa señora no es nada más que la cocinera.

La cocinera y la que lo observa to, la que sabe aprovechá toas las ocasiones, pa jacé su avío y la que las promueve y las busca cuando no se le presentan. Además, con su insistencia y su tenacía, sabe conseguí lo que no puea con su habilidá. ¡Guárdate de ella, muchacho, si no quiés estropeá ese secreto!

Y era verdad lo que Julián decía. A la vista de los hechos estaba bien claro que supo aprovechar el accidente de su hijo para entrarse cómoda y convenientemente en el interior de la casa que tanto le interesaba vigilar. Y que había aprovechado bien su nueva situación, lo demostraba palpablemente el que él estuviera en pleno bosque, huido de sus acechanzas y con más preocupaciones que nunca.

Este último raciocinio le hizo recordar el mensaje de María, que se sentía en el bolsillo. 

“La esquela de María”. Fuente: Imagen creada por CharGPT. 

Con mano trémula lo tomó y, desatándolo de la piedra a que estaba atado, lo desplegó y leyó con avidez:

Mucha precaución y disimulo. Cuanto más, mejor. Nada de miradas ni aun de presencia. Mañana, cuando marches a la ciudad, entra y aguárdame en el <Bosquecillo de las Juncias>, donde hablaremos unos minutos, para enterarte del plan que he pensado. Tuya siempre. María”

Leyó y releyó aquella tan interesante esquela, que besó repetidas veces y que después destruyó en pequeños trozos, ya ilegibles, enterrándolos para mayor seguridad. Luego, monologaba consigo mismo, camino del Establecimiento:

¡Tuya siempre! ... Seguridad una vez más, ratificada, de su amor correspondido. ¿Cómo iba a renunciar, aunque pudiera, a aquel dulce amor, aunque accidentalmente se lo amargaran las circunstancias? ¡Renunciar! ... ¿De qué manera, si no sólo no quería, sino que no podría? ¿Cómo renunciar a una pasión mucho más fuerte que su misma voluntad? Renunciar, dejarla enfriar, nunca. ¡Jamás! Y si una fuerza mayor, imposible de vencer, lo separaba de aquellos lares para él tan queridos, sufriría seguramente tal contrariedad que no podría resistirlo. ¡Morir! ... Sin aquel amor, no le importaba. Con él, ¡a vivir para poder gozar sus delicias y bienandanzas! Primum vivere, como recordaba que decía su educador. Sí, había que vivir, que era lo esencial, y, luego, ser optimista ... A María, a su María, le sucedía igual. Lo sabía de seguro. Además, hija única, no iba a ser, en definitiva, contrariada por la madre hasta el punto de hacerla enfermar seriamente y a provocar su infelicidad para siempre. ¿Por qué no ser optimista? ... ¿Por qué había que prejuzgar su situación, estudiándola y resolviéndola por el peor de los matices? ... Aquella cita esclarecería la obscuridad de lo recientemente sucedido. Dios, a quien con tanto fervor se había encomendado, sobre todo.

Y pensando en el primum vivere de su maestro y preceptor, y presa de aquel optimismo que inundaba su alma recta y pura, reanudaba, cerca del Establecimiento en que servía, los quehaceres que había interrumpido.“» 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 147-151. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f. 


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