MADRE E HIJA.
«”Es por la mañana. El cielo está claro; el viento, en calma. El sol, levantándose sobre la cresta de las montañas, al par que lo inunda todo con su luz esplendorosa, caldea el ambiente. La temperatura sube al mismo tiempo que se eleva el sol sobre el horizonte, y sus rayos son más perpendiculares.
La madre y la hija han salido a la terraza posterior del edificio, buscando el frescor de la sombra de un emparrado, y se dedican a coser. La madre repasa y prepara para la plancha la ropa que ha poco recogió de los tendederos; la hija la que acaba de confeccionar a máquina.
Durante un gran rato, han hablado de lo que hacen: de confección de prendas de ropa y de costura.
En el momento en que las sorprendemos, callan.
De pronto, el relincho de una caballería, les anuncia la vuelta del profesor de la hija —seguiremos llamándole así, para nombrarle o designarle—, que regresa de la ciudad cercana, a la que había ido, en el quitrín [Carruaje abierto, de dos ruedas, con una sola fila de asientos y cubierta de fuelle. RAE] de la Casa, por “avíos” y “provisiones”.
Las dos abandonan sus respectivas tareas y acuden a recibir los encargos.
[Ambientación] Madre e hija en interesante y profunda conversación. Fuente: Imagen obtenida con la ayuda de ChataGPT.
El profesor los va extrayendo de la caja del carruaje y colocándolos en una mesa cercana. Al propio tiempo, va enumerando las compras hechas:
—Dos paquetes de velas; dos docenas de pastillas de jabón de tocador; la caja de medias corrientes; los frasquitos de esencia; los cadejos [Madeja pequeña de hilo o seda, RAE] y bobinas de hilo; los seis metros de tela blanca; las especias; los zapatos arreglados; el reloj despertador...
—¿Y la sal? ... ¿Y el vino? ...
—Llegarán en el carro de Julián, esta tarde. Julián traerá, también, las sacas de harina de “flor” y la cerveza en barriles y en botellas. Solamente falta la expedición de chacina, que esperan que llegue pasado mañana.
—Bien, hombre, bien. Nada se te olvida: tan eficaz y completo eres para esto como en todo.
—Gracias, señora.
—A tí, por tu diligencia y buena voluntad.
—Señora, de alguna manera he de pagar sus bondades.
—Bueno, hombre, hasta luego.
El profesor mira disimuladamente a su discípula y se marcha a encerrar el cochecillo y a continuar sus ocupaciones mañaneras.
La madre y la hija, una vez hechas cargo de las mercancías, tornan a la terraza y reanudan sus labores.
María está preocupada. Su ánimo está en más cuidado que en otras ocasiones. De allí atrás, acudía sola a recibir los encargos y aprovechaba la coyuntura para charlar a solas unos momentos con su galán. Ahora la madre no la dejaba ni a sol ni a sombra: la seguía y acompañaba a todas partes ...
Cosen, sin hablar apenas. La preocupación de María se acentúa a medida que piensa en la contingencia que embarga su ánimo. Llega a ponerse nerviosa y, aunque dominándose por la energía de su férrea voluntad, se decide a hablar y dice, aparentando una calma que no tenía:
—Me celas sin ningún disimulo, madre. ¿Tan poca confianza merece ahora tu hija?
—¿Qué dices, muchacha?
—Digo lo que escucharás ahora mismo, sin rodeos de ninguna clase.
—¡Hola, hola! ... ¿Tú también? ...
—Sí, madre: desde que Ansaldo volvió, repuesto de su aparatosa indisposición, y empleaste a la madre, que me vigila tan a la descubierta que se necesita ser necia o estar tonta para no darse cuenta. No puedo reprochártelo porque eres mi madre, pero sí me veo precisada a hacerte ver que con ello me honras bien poco.
—To lo que haga una madre por el bien de su hija es insuficiente.
—Pero ... procediendo así, ¿me haces algún beneficio? Yo entiendo lo contrario.
—La juventud es ciega y no ve los peligros que la rodean.
—Yo no sé qué peligros puedan estar tan cerca de mí.
—Tú no los ves; pero tu madre los vislumbra y quiere evitarlos.
—Desearía conocerlos para ayudarte en esa meritoria labor.
[Ambientación] El profesor descarga parte de la compra de suministros para la Venta. Fuente: Imagen obtenida con la ayuda de ChataGPT.
—Aunque estés bastante desarrollá, eres aún una niña y tu edá es todavía la de las ilusiones. Cuando se es joven no se ve la verdadera realidá de las cosas y sin proponérselo pué emprenderse un camino que no conduzca na más que a un precipicio, por el que fácilmente puea una rodá. Las madres, que sabemos de las cosas del mundo más que los hijos, estamos en la ineludible obligación de prevení esos peligros, pa poderlos evitá. Ahí ties explicao to eso que tanto te extraña.
—Pero, madre, ese peligro de que hablas, caso de existir, ¿ha nacido en unos días?
—Si no ha nacío tan cercano, de poco tiempo acá lo he visto claro.
—Desde el bocinazo de lo de Ansaldo: celos de ese mentecato y de la bruja de su madre, tan metidos en una ilusión que no verán nunca realizada.
—En que le hagas o no caso a Ansaldo, no pueo yo meterme: allá tú con tus razones. Pero en que pueas dejarte ir del encantamiento de un desconocío, que él mismo confiesa que no sabe quiénes fueran sus padres ...
—¡Dios mío! Ya veo claro: todos conjurados contra ese infeliz, cuando todos reconocen al primer instante la nobleza de sus sentimientos, la bondad de su corazón, lo limpio de su proceder. Intriga de la envidia y del despecho, porque ven que es más merecedor que todos juntos ...
—¿Eh, eh? ... ¿Tanto te interesa? ...
—Me interesa sencillamente como puede interesar un desvalido, digno de toda ayuda y protección por su saber y por su comportamiento.
—Pues a mí lo que más me interesa es la honra y el porvenir de mi hija; su bienestar, su buen nombre y su felicidá. Por eso estoy resuelta a impedí to lo que puea estorbá esa finalidá.
[Ambientación] María analiza, algo decepcionada, el resultado de la conversación con su madre. Fuente: Imagen obtenida con la ayuda de ChataGPT.
María no ha contestado. Le ha desagradado profundamente el resultado de aquella conversación, de la que se figuró sacar mejor partido, y ha optado por callar. La madre tampoco ha añadido ninguna otra manifestación. ¿Para qué más claridad en sus decisiones? El diálogo entre la madre y la hija se ha dado implícitamente por terminado.
La madre, interiormente inquieta, piensa en el calor de la defensa que del profesor ha hecho su hija. Su mente, se pregunta:—¿Tendrá razón la comadre? ... Aquella explicación de que del roce nace la inclinación; que de ésta sale la simpatía; que la simpatía engendra el afecto; que de éste se salta fácilmente al queré, y del queré a la pasión de amor, ¿iría teniendo realidá en el caso del profesor y su hija? ... ¡Tendría que ver! Pero ... no. Ella no había observado nada anormal en las naturales relaciones de ambos. ¿Serían cosas de la comadre? ¿Estaría la razón de parte de su hija? ... ¡Qué confusión la de su mente! ... Por sí, o por no, resolvió extremar la vigilancia de que los hacía objeto, y si con la medida no evitaba lo que hubiera habido de aquellas relaciones, si algo hubiere habido, al menos estorbaría lo por haber en lo sucesivo. Esta reflexión la tranquilizó algo, permitiéndole darse cuenta de la cercanía de la hora del almuerzo, por lo cual expresó:
—¡Ah! Se acerca la hora del almuerzo, niña. Recojamos la costura y pongámonos en disposición de comé.
La hija, luego de recoger su costura y de tapar la máquina en que trabajaba sus labores, se ha retirado a sus habitaciones particulares, mientras no está servida la comida; la madre arregla, para el almuerzo, la mesa privada del comedor, desde cuya pieza, contigua a la de la hija, no pierde de vista a la misma.
Ésta, sentada en la calzadora [Taburete bajo o butaca que se emplea para sentarse. RAE] cercana a la cabecera de su lecho; apoya la cabeza en la palma de la mano, como si dormitara, y piensa con angustia en todo el amor que siente por su profesor, a quien quiere con toda la fuerza de su primer amor ... Piensa, también, en la recién descubierta oposición de su madre a su pasión amorosa; en el desagrado y profundo descontento con que la recibiría, si la descubriera; en la imposibilidad absoluta de intentar, siquiera, su disminución … ¡Oh! ... Eso nunca. ¡Nunca! Y en la necesidad de disimularla, por el pronto, mientras que el tiempo no ofreciera ocasión de ir convenciendo a la que le llevó en sus entrañas.
En esta preocupación de su ánimo, sólo acertó a proveer la decisión de extremar el disimulo de su amor y la de urdir a toda costa el medio de avisar a su amado, a fin de afrontar en común los nuevos peligros que amenazaban la exteriorización de aquel mutuo y amargo querer.
Véase por qué circunstancias tan especiales, dentro de la vulgaridad general, vivían tan lejos de la felicidad terrenal los miembros de estas familias que, para los que desconocieran la polilla que carcomía su interior, pasarían seguramente por los más en posesión del bien deseado.”»
*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 133-138. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f.









