ACCIDENTE.
«”EL
propio interesado no conocía lo ocurrido. Cuando su mente comenzó a
discurrir de nuevo, se extrañó de encontrarse postrado en cama y de
que a la cabecera de la misma se hallara, como vigilando su estado de
salud, una de esas afables mujeres que posponen la brega ordinaria
del vivir para elevarla al regalo del mejor servicio de Dios, que le
habló con la agradable y dulce entonación que las caracteriza:
—Qué,
¿cómo se encuentra?
El
pobre profesor, nuestro conocido profesor, que no era
otro el enfermo, correspondió al interés de la hermana enfermera,
interrogándola, a su vez:
—¿Qué
es esto? ... ¿Dónde estoy? ...
—Tranquilícese,
tranquilícese: está en buenas manos. ¿Siente alguna molestia?
Dígamelo con franqueza, que aquí estoy yo para complacerle.
—¡En
un hospital! ...
—Sí;
pero no tenga cuidado. Aquí estará como en su propia casa.
—¡Como
en mi propia casa! ... ¡Ay!, ¿dónde está eso? ...
—Pues
en el Cielo, cuando Dios nos llame a Él y, ahora, aquí, donde de
nada ha de faltarle.

[Ambientación] El despertar del profesor en el hospital.
Fuente: Imagen creada con ChatGPT.
—¡Dios
mío, Dios mío! —repetía el paciente, presa de angustia
congojosa, y se echó a llorar como un menor de edad.
—Sosiéguese,
hermano; verá cómo con esta cucharadita que voy a darle, se
tranquilizará grandemente.
Y,
en efecto, con esa diligencia y amabilidad que son repetida prenda de
su carácter, tomó una poción magistral que había en la mesilla de
servicios y le suministró una cucharadita, expresándole:
—Ahora,
a descansar, que aún le hace falta. Entretanto continuaré aquí, a
su cabecera, mis interrumpidas oraciones y rogaré a Dios por su
buena salud.
—Gracias,
hermana, Él se lo tenga en cuenta, como yo se lo agradezco.
No
hablaron más. La hermana leía o rezaba para sí, mientras el
enfermo se adormeció con la somnolencia soporífera que le produjo
el medicamento. Su respiración parecía tranquila. Dijérase que
natural. La enfermera leyó en su devocionario durante un gran rato,
al cabo del cual dio por terminados sus rezos y, mirando al paciente,
habló para consigo misma:
—¡Pobrecillo!
Ya parece que está fuera de peligro. Pero ... ¡qué días ha pasado
el infeliz! ... El médico da ya por seguro que su enfermedad no
sufrirá retroceso. Mas, por si acaso, ha dispuesto que continúe la
vigilancia inmediata. Su estado me ha inspirado verdadera compasión
desde el primer momento. Cuando llegó, ¡qué postración tan
intensa, la suya. Parecía enteramente un cadáver. Y, luego, ¡qué
fiebre! Parecía mentira que un cuerpo humano pueda resistir tal
temperatura: ¡41 grados y 3 décimas! Freírse en vida; casi un San
Lorenzo. Pues ... ¿y la excitación nerviosa que le sobrevino
después? ... ¡Qué gritos, Dios Santo, y qué brega! Gracias a la
sangría y más luego, a los calmantes, porque con aquel no parar ni
estar quieto un segundo, ¡cualquiera le podía retener la bolsa de
nieve en la cabeza! ...
El
paciente se ha quejado débilmente y la enfermera, al observarlo, le
aplica, de nuevo, la bolsa de nieve, de modo que le cubra bien el
cerebro y el cerebelo. Pasan unos minutos y el enfermo vuelve a la
tranquilidad aparente.
La
hermana de San Vicente de Paúl, vuelve a sus interrumpidos
comentarios internos:
—Aquí
no conocemos, del accidente, otra cosa que no sea lo relatado por los
vecinos que le condujeron; esto es, que unos porquerillos, de los que
merodean, con el ganado que guardan, por las afueras de la ciudad, lo
habían encontrado en el fondo de un barranco existente al borde de
la carretera general, a poco más de un kilómetro de la población,
creyendo, al principio, que se trataba de un cadáver, y que,
avisados unos vecinos de aquellas cercanías, acudieron, presurosos,
al lugar del accidente y, notando que tenía vida, le llevaron, sin
pérdida de tiempo, ingresándolo en el benéfico establecimiento.
Total, nada de extraordinario ni de particular, que lo distinguiera
de los otros muchos registrados en lo ordinario del vivir.

[Ambientación] La enfermera vigila al convaleciente. Fuente:
Imagen creada con ChatGPT.
Pero
dentro de la vulgaridad del suceso, se acusaron ciertos detalles que
no habían dejado de llamar la atención: la ropa, por ejemplo, era
modesta, pero nueva, muy limpia y sin ninguna marca ni inicial;
colgado al cuello, un preciado escapulario de la patrona de la ciudad
y varias medallas, una de ellas de oro de ley; en un bolsillo
interior, unos centenares de pesetas, cercanas al millar, y ¡ningún
otro documento, tarjeta ni papel de ninguna clase que indicara
absolutamente nada de su personalidad! ¿Quién era? ... ¿Cómo se
llamaba? ... Ni los chiquillos que lo encontraron, ni los vecinos que
lo condujeron, ni nadie sabía allí quién era, ni de quién se
trataba. Estas circunstancias, con la de no haber habido nadie que en
los días que allí llevaba se hubiera interesado por él, rodeaban
el hecho de un misterio que no dejaba de poseer determinado interés.
Ha
transcurrido un gran rato. Tres horas, cuatro, tal vez más. El
paciente, por fin, ha abierto los ojos, se ha pasado la mano por la
vista, la ha paseado, luego, en su derredor y, al notar la presencia
de la enfermera, le ha sonreído en prueba de saludo y agradecimiento
y más luego le ha manifestado:
—Conque
en el hospital, ¿eh? Y con guardia a la cabecera. Mal debe andar mi
pobre salud cuando de tan cerca la celan.
—No
crea —le ha contestado la hermana. —Somos muchas —ha agregado—
y, afortunadamente, pocos los a cuidar.
—Sin
embargo ...
—No;
créame. Su salud, gracias a Dios, no ofrece peligro alguno. Y, a
propósito: hace tiempo que no toma nada. ¿No siente debilidad,
ganas de algún alimento? Ya es hora; voy a avisar que le sirvan
algo. ¿Qué se le apetece? Vamos a ver: dígalo con franqueza.
—¡Comer!
... ¿quién piensa en eso?
—Usted.
Tiene que alimentarse; ha de tomar algo.
La
hermana enfermera pulsa el timbre que cuelga junto a la mesilla del
servicio y ordena al mozo que ha acudido:
—Vaya
ante la hermana despensera y dígale que sirva un vaso de leche y
unos bizcochos para el número dos.
Al
poquillo rato, se presenta el mozo con una bandeja, conteniendo lo
interesado.
La
hermana enfermera ayuda al paciente a incorporarse en el lecho y hace
que el mismo tome el alimento expresado.
El
enfermo, notoriamente mejorado, le ruega que le deje un rato en
aquella posición. La enfermera consiente y, aprovechando la
oportunidad, le invita a dar gracias al Señor por su evidente
mejoría. El paciente accede gustoso y durante un cuarto de hora, tal
vez más, no se oye en el aposento otro rumor que el de las preces
elevadas fervorosamente al Altísimo. Una vez terminada la acción de
gracias, dice el enfermo:
—Hermana:
no hay duda ninguna de que todas ustedes parecen sacadas de un mismo
patrón: todas tan afables, tan complacientes, tan serviciales...
—Estamos
al mejor servicio de Dios, y nada más.
—¡Sí,
sí; que El os lo premie. Ahora, si no lo toma a mal, quisiera
obtener otra poca de su bondad... ¿Seré complacido?
—Diga,
diga, a ver si puede accederse a su deseo.
—Saber
qué ha ocurrido para que me encuentre aquí y en tan excelentes
manos.
—Curiosillo,
¿eh? A nosotras nos está muy recomendado no dialogar nada más que
lo indispensable; pero sea como excepción de esa regla.
—No
dejan de interesarme ciertos pormenores. ¿Qué fué ello?
—Pues
nada: según todas las noticias, un simple accidente de los muchos de
la vida.
—¿Un
accidente?

[Ambientación] El profesor conoce la verdad del accidente.
Fuente: Imagen creada con ChatGPT.
—Sí,
caer al fondo de una barrancada, junto a la carretera general, perder
el conocimiento y estar al sol durante unas horas. Total, nada que no
haya pasado ya, gracias a Dios.
—Pero,
dígame, hermana, ¿quién me recogió? ¿Quién me trajo a vuestras
benditas manos?
—Le
encontraron unos muchachillos que guardaban cerdos, los que,
asustados, avisaron a unos buenos hombres que lo condujeron aquí.
—Perdone
si insisto, prolongando el interrogatorio. ¿Muy lejos de la ciudad?
—No;
a poco más de un kilómetro, hacia el lado de la sierra.
—¿Y
me han conocido? ¿Quién han dicho que soy?
—¡Anda,
pues si no le hemos podido inscribir, porque ni se le ha conocido ni
poseía, en sus ropas, documento alguno que pudiera ilustrarnos!
—¿No
contenían nada mis bolsillos?
—Nada,
no: sólo contenían, que sepamos, cerca de un millar de pesetas,
todas en papel.
—Dinero
que no es mío.
—¿Cómo
que no? Aquí está a su libre disposición.
—Era
para unos encargos que se han quedado por hacer, que yo presuma.
—¡Ah!,
eso usted allá. En esas cosas no intervenimos.
La
llegada del médico de cabecera cortó la conversación. Reconocido
de nuevo el paciente, e informado el galeno del curso de la dolencia,
por la hermana enfermera, se le ha considerado como en franca
convalecencia, prescribiéndosele, únicamente, mucha tranquilidad y
alimentación sana y progresiva.
La
hermana enfermera, se ha retirado algo después que el doctor,
repitiéndole la enhorabuena por su alivio expedito, dejándole unas
revistas para su entretenimiento y prometiéndole solemnemente un
rato de compañía en su guardia del nuevo día.
El
infeliz profesor, ya sólo con sus ideas y pensamientos, ha quedado
reflexionando, en silencio, sobre su rara, crítica y difícil
situación.
¿Qué
habría sido de su María?… ¿Qué de su primer amor?… “»
***
Fuente:
“LA
FUERZA DE UN PRIMER AMOR:
novela
de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter
sentimental”,
por Luis
Briceño Ramírez,
p.p. 159-164.
Diario
Jaén, Talleres Gráficos, s/f.