UNA CITA.
«”Apenas había echado Dios las primeras luces del nuevo día, sale el quitrín al servicio de la Venta, carretera abajo, con dirección a la ciudad más cercana.
Va guiado, como casi siempre, desde hace bastante tiempo, un año, más de un año, por el profesor, comisionado para retirar la expedición de chacina que no había llegado a tiempo en su último viaje, y para traer al Establecimiento, como de costumbre, algunos otros encargos de menudencias.
Hace aire y el cielo está algo nublado.
El cochecillo camina al paso natural del caballo que lo tira, y, cuando llega a un kilómetro, poco más o menos, del punto de partida, abandona la carretera, saliéndose de la misma, hacia la izquierda, hasta llegar a una pequeña depresión del terreno, muy poblada de arbolado, a cuyos pies, por la constante humedad del suelo, crecen muchas juncias. De esta circunstancia toma este sitio el nombre de «Bosquecillo de las Juncias», consignado en el billete de la hija del ventero a su amado.
Al llegar al referido lugar, se apea el conductor, ata la caballería que tira del carruaje y aguarda. No tiene prisa, aunque su impaciencia natural esté justificada.
Para entretener el tiempo, va repasando las abrochaduras de los arreos del carruaje. Lleva invertido en esta operación como un cuarto de hora. De pronto para la tarea y escucha. Entre el zumbido del aire, al sacudir las plantas y ramas de la arboleda, nota un ruido ajeno al susurrar del viento. Es el producido por el andar de su amada, que acude a la cita dada por ella misma al dueño de su amor.
María llega nerviosilla y algo recelosa, por el fundado temor de que hubieran espiado sus pasos, aunque sus precauciones fueron muchas.
[Ambientación] La cita en el bosquecillo de Las Juncias. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
Había suspendido los trajines mañaneros que correspondían al profesor, al que, por su ausencia, había reemplazado en todos ellos.
Al arribar al paraje donde era aguardada, fue a parar directamente a los brazos del galán, que la recibió anhelante. Emocionado por aquel espontáneo rendimiento de la amada, la corresponde con toda su ternura, consolándola con las frases más dulces de su florida dicción. Luego toman asiento en un grueso y viejo tronco de un árbol, derribado sin duda por algún violento temporal, y departen más tranquilos:
—¡Qué angustia, querido! No sabía cómo prevenirte a tiempo. Pensando mucho, urdí este plan. ¡Dios quiera que nos salga bien!
Sigue la narración de la cuita mutua, a la que pone fin el galán, que retiene entre sus manos una de las de su amada:
—¡María, alma de mi alma, pongamos fin, por si acaso, a esta entrevista, renovando nuestro juramento de eterno amor!
—Sí; es prudente. Por mi parte, lo juro en nombre de Dios Nuestro Señor, como testigo excepcional de su pureza.
—Y yo digo y juro exactamente igual que tú.
Ha terminado la entrevista. Se ponen de pie. Se besan castamente, en son de ratificación de su sentido cariño y de despedida.
Mas, en aquel preciso instante, irrumpen en el bosquecillo, primero, la madre de María, que ha presenciado el momento del beso; medio minuto después, la de Ansaldo, en cuyo semblante se retratan dos sensaciones opuestas: la alegría de ver sorprendida, en flagrante coloquio, a la pareja amorosa, cuya satisfacción perseguía con tanto afán, y el desagrado de un hecho consumado que, en su torpe pensar, relegaba al más bajo nivel social la insistencia del soñado proyecto de boda de su hijo Ansaldo.
[Ambientación] El descubrimiento. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
La ventera, revestida de toda la autoridad de madre ofendida, independientemente de patrona quebrantada por un sirviente, no pudiendo dominar su nerviosismo ni su iracundia, dice al profesor, con voz y ademán autoritarios:
—¡Miserable! ¡Me has ofendido en lo más caro de mi alma! ... ¡No te lo perdono! ... ¡Deja el coche y vete lejos de mí, ahora mismo! ¡Que mis ojos no vuelvan a verte más, canalla! ¡¡Hala, hala de aquí!!
—Usté, comadre, haga el favó de tomá la caballería de cabestro y llévese el coche a casa.
Unos momentos más tarde, el profesor descendía, a pie, la carretera que conducía a la ciudad más cercana. Su andar era incierto, vacilante, más de ciego que no sabe dónde pisa, porque su tacto no ha llegado todavía a desarrollarse, que de beodo cuyo andar es un espectáculo de equilibrio.
La comadre, obedeciendo, sumisa, la orden recibida, conduce el cochecillo hacia la venta, llevando de la brida a la caballería que del mismo tira.
La ventera, algo detrás, camina también hacia su casa, al lado de la hija, cuyos pasos eran solamente comparables al de la víctima que va hacia el suplicio.
La potencia pensativa del infeliz profesor está absorbida por el dolor y la sorpresa. Ni pudo ni supo esta vez explicarse ni defenderse. Su raciocinar puede asegurarse que quedó en suspenso. La estupefacción, no hay duda de que, rebasando los efectos del asombro, llegó al pasmo intenso. Después de la terrible reconvención de que fue objeto, echó a andar y descendía la carretera mecánicamente. Se podía asegurar que ni oía ni veía. Asimismo podía deducirse que no sabía si era de día o de noche. Caminaba automáticamente, sin percatarse de que acababa de reanudar aquel ambular que, precisamente en la Venta, había interrumpido.
Grabado del original, p. 155.
La comadre no salía de su asombro. La escena había desbordado sus deseos. Jamás pensó en que las cosas llegaran a lo que había presenciado. De ahí el que trazara en su magín [1] mil combinaciones distintas, buscando la posición más en consonancia con sus mezquinos intereses: recoger velas, ver venir y, en todo caso, aceptar la herencia a beneficio de inventario.
La madre, afectada profundamente por la escena que presenciara, aunque sin conocer su alcance y significación, no hablaba. Tal vez por querer decirlo todo, no decía nada. Por el pronto, parecía conformarse con el duro castigo que había impuesto al que, según su propia expresión, tan caro la había ofendido.
La hija callaba. Su mirada no se levantaba del suelo y su paso, torpe y lento, daba, con su angustiado semblante, la sensación exacta del desastre que la pena, la congoja y el desconsuelo producían en su alma.
¡Pobre amor, primer amor, truncado y maltrecho, sin miramiento ni recapacitación alguna, cuando se consideraba más vigoroso y lozano, más encendido y seguro! ... ¿Qué se había hecho de él? ...”»
NOTA DEL TRANSCRIPTOR: [1] Imaginación, creatividad, fantasía, inventiva, ingenio, cabez. Fuente: Diccionario RAE. //
*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 153-157. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f.






















