¿ME HABRÉ COMÍO, POR FIN, A MI COMPARE?
Joselón. Le llamaban así por su colosal estatura, por su extraordinario grosor y por su enorme peso, nada común. Para darse una idea más exacta de este <hermoso ejemplar de la humanidad>, baste consignar que medía 1,93 de alto, 1,80 de perímetro torácico y que pesaba 148 kilogramos. Un verdadero gigantón que de estar diestro y preparado para dar y quitarse puñetazos, hubiera llegado, posiblemente, en el boxeo pesado, a campeón.
No bebía; es decir, nunca se emborrachaba. Todo su vicio como consumidor de bebidas alcohólicas, se limitaba a tomar algunos <vasitos>, cuando la índole de un negocio de los de su profesión le obligaba a ello. Nada más.
Pero aquel día, se pusieron más tardos y pesados los componentes de la reunión con quien departía que, para terminar definitivamente el negocio que arreglaba y que tanto convenía a sus intereses, tuvo que beber y bebió, alternando con todos ellos, al son de la sed de su compadre, que era un sempiterno bebedor habitual, hasta llegar al ahitamiento, con su correspondiente papalina.
[Ambientación] El gigantón Joselón, ya picado por el vino y las burlas, advierte entre risas y amenazas que no tolera chanzas … ni de su propio compadre. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
Ya beodos todos, el compadre de Joselón, que, por contraposición de éste, era una especie de liliputiense, por su estatura y complexión física, le hizo objeto de sus chanzas y burlas más descaradas, llegando en su osadía malsana, al insulto, con sus insulseces y bravatas. A tal punto llegaron aquéllas y éstas que Joselón, amoscado y nervioso, tuvo que tratar de ponerle punto, diciéndole:
-Compare, mire usté que al que a mí me falte o conmigo trate de divertirse, poniéndome en ridículo, como usté está haciendo hay ya un rato, soy capá de comérmelo cruo, si es que no hago con él cualquié otra barbariá.
-Pero, compare, ¿a mí también me alcanza esa barraganá? … ¿Se atrevería usté? ... ¿Sería usté capá?
-Capá, capatá, encargao y hasta administraó de esa labranza. Conmigo no se pitorrea naide, sea quien sea. Eso, no. Al que me falte o conmigo se chungue, como usté está haciendo, lo doblo y me lo trago cruo, repito. Eso que naide lo ponga en dua.
Ante la resuelta y enérgica actitud del gigante, se tuvieron todos que reprimir y aguantar, sin pestañear siquiera, y, luego de unas últimas copas, consumidas ya en silencio y sin más valor que el puro alarde de mayor consumo, se disolvió la reunión, marchando cada cual hacia su conveniencia.
Joselón, borracho por completo, llegó a su casa caminando sin dar grandes tumbos, pero hecho una verdadera cuba.
[Ambientación] Rendido por la borrachera, Joselón vacía el estómago al fresco de la noche, mientras abajo crece el alboroto y arriba nace su absurda sospecha. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
Apenas entró en su domicilio, el calorcillo del hogar aumentó el mareo, y ante el hipo y las náuseas que le amagaban, su esposa le tendió el colchón junto a la entreabierta puerta del balcón, a fin de que el aire libre aliviara la angustia que a su esposo torturaba. Pero, ¡ca!, al minuto chorreaba por dicho hueco, hacia la calle, casi todo el líquido que Joselón había ingerido.
Debajo, en la puerta de la calle, junto a la acera, estaban sentados unos vecinos que aprovechaban el fresco de la tarde, y que, al recibir el extraño aluvión protestaban con calor, increpando a los vecinos del cuarto chorreante.
El borracho, algo más sosegado por el desahogo de su estómago, pero bastante trastornado todavía, decía, lleno de estupor, a su esposa:
-Dolores, ven acá y dime: ¿quién habla ahí, en la escupidera? ¿Me comería, por fin, al compare y lo habré tenío que vomitá?.
*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 131-132. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.










































