COMPENSACIÓN.
«”Ha
terminado el almuerzo. María casi no ha comido. La
perturbación de su ánimo es real e intensa, aunque los efectos,
dominados a toda costa, no asomen al exterior.
A
los postres, antes del café, que siempre servía de fundamento a la
sobremesa, pretextó dolor de cabeza y se retiró a su dormitorio.
Esta determinación se la aconsejaron dos razones poderosas: el temor
de no poder resistir por mucho tiempo el tremendo esfuerzo que en
aquella ocasión consumía sus energías, puestas a prueba exagerada
por la resuelta actitud de su madre, y la necesidad de serenarse y de
pensar el medio hábil de poner en aviso a su enamorado.
No
escapó a la perspicacia de la madre aquella resolución de la hija,
pero lo disimuló para huir de complicaciones impertinentes, ante los
demás y ante la propia hija, a la que acompañó hasta el lecho,
donde la dejó descansando.
La
peripecia impidió la sobremesa y las lecciones de aquel día. El
padre, aburrido, se durmió en un sillón, al placer de la umbrosa
arboleda donde solían darse las clases mientras hacía calor, en
tanto que el escribiente y profesor aprovechaba la ocasión de
poner al día la correspondencia y la cuenta y razón que de los
negocios de la Venta llevaba.
A
este joven, no dejó de extrañarle, tampoco, el desgano de la dueña
de su amor y la repentina indisposición de la misma; pero, prudente,
no quiso hacer ostentación de interés alguno, por el temor de dar a
sospechar el fuerte lazo que a ambos les unía.
La
madre trasladó el trajín del repaso de ropa al comedor, desde cuya
pieza se dominaba perfectamente la alcoba de la hija, y así no
dejaba de notar lo que ocurriera a la misma, aunque estimara su
indisposición leve y pasajera.
La
madre de Ansaldo, terminadas sus faenas cociniles de la
mañana, notando que la comadre no salía, como otras veces, a
reposar la comida, se presentó en el comedor, a ayudar a la dueña
del Establecimiento, aunque su idea principal fuera la de estar al
olor de cuanto pudiera convenir a sus intereses y a sus conocidos
planes, mientras su hijo descansaba un rato, como siempre, para poder
madrugar con menos quebranto, con la arriería, y recogerse tarde,
con los más trasnochadores.
—Comadre
—entró diciendo—: ¿Cómo sigue la niña?
—Como
usté ve: descansando un rato, mientras le pasa la jaqueca.
—Si
no es más que eso, y la primera vez que la padece, es cosa pasajera.
—¿Pues
qué iba a ser? ... ¿Qué quería usté que fuera? ...
—¡Qué
se yo! Como hay tantas clases de males, tan repentinos y tan raros
...
—Usté
siempre con el arao hincao, como dicen los gañanes.
—No
ladee usté el cántaro, comadre, que se pué derramá:
mi decí no es más que un simple interés de salú.
—Tan
pronto, y sin motivo, no se le iba a estropeá a mi hija.
—Que
Dios así lo quiera, en bien de tós.
—Gracias
por su buen deseo.
—No
hay de qué. Pero, oiga usté, comadre: Si quiere, le ayuo
a repasá la ropa, mientras usté le prepara algo a la
enferma. ¿Prefiere que se lo haga yo?
—Pero
si mi hija, gracias a Dios, no está enferma, ni mucho menos; si lo
que le pasa no es ná!
—Ná
será; pero cuando continúa echá tanto tiempo, es señá
de que no se alivia de lo que sea: ¿Por qué no le da usté
una tacita de yerba luisa o, mejó, de tila calentita y
con gotas de agua de azahá, que es muy buena pa las
contrariáes?
—No
sea usté majadera, comadre. Una simple jaqueca se pasa sin
ná.
—Como
usté quiera; pa lo que se ofrezca, ya sabe que aquí
estoy yo.
—Se
le agradece, pero ná más.

[Ambientación] La llegada del profesor y la
imposibilidad de María de acercarse a él porque su madre no
la deja sola. Fuente: Imagen creada con ayuda de ChatGPT.
María,
que ha comprendido la intención de la comadre, descifrando a la
perfección sus reticencias, se indigna en su interior, sintiendo
nacer en el mismo un principio de repugnación hacia la madre de
Ansaldo y hacia éste, por creerlo cómplice de las
impertinencias y de la mala intención de que su madre acababa de dar
fehaciente prueba. Por eso, desde aquel preciso momento, tan señalado
para ella, ha comenzado a hacérsele antipática y el hijo va
perdiendo el afecto que le profesaba. La estima en que tenía a
ambos, ha sufrido grave quebranto. Luego de lo que ya conocía y ha
presenciado, le sería difícil tolerarlos, sin un gran esfuerzo. En
su interior se ha iniciado, con rápido progreso, el rompimiento
moral.
Desazonada
e inquieta por el absurdo proceder de la comadre, cuya bastarda
conducta descubrió tan claramente, adivinando lo que no había
presenciado ni escuchado, no pudo reprimir ciertos movimientos de
nerviosismo, que hicieron acudir a la madre, que no había dejado de
observarla, en indagación de lo que le pasaba.
—No
es nada, madre —expresó—. Sólo deseos de desnudarme y meterme
en la cama, libre de las opresiones de la ropa, para quedar sola y
tranquila, a fin de procurar alivio a mi pasajero padecimiento.
Así
lo consiguió de inmediato y, ya sola con sus pensamientos, comenzó
a considerar de nuevo su situación.
Es
verdad —pensaba— que aquel humilde y obscuro caminante que en la
actualidad llevaba la cuenta y razón de los negocios de su casa y
que, entre otros menesteres, le enseñaba lo que sin sus lecciones no
podía nunca haber aprendido, era todo un enigma en su procedencia,
nacimiento y ascendencia familiar, pues ni él mismo, tan despabilado
y despierto, había logrado averiguar, según sus propias
manifestaciones, ni dónde naciera, ni quienes pudieran haber sido
sus padres ni los de su familia. También lo era que la casualidad,
esa combinación de circunstancias favorables o adversas que sólo
Dios es capaz de prevé, lo había presentado e introducido en su
casa, donde por sus singulares condiciones y felices aptitudes era
querido y apreciado sinceramente. No era menos verdad —para ella no
había la menor duda— que, envidiado por Ansaldo y por la
madre del mismo, en razón a sus raras virtudes —por eso mató Caín
a su hermano Abel— y ante la posibilidad de estorbarles los
egoístas planes de boda, que tan apasionadamente acariciaban,
soñando con su rápida realización, para asegurarla, habían
despertado con sus insidias y recelos la vigilancia de su madre, para
impedir, como en principio habían conseguido, que su hija pudiera
simpatizar con todo un perfecto desconocido. Pero sobre todas esas
acomodaticias y menudas circunstancias se alzaba, gigante y lozana,
la realidad de un amor puro e intenso, como el cariño de una buena
madre, que era mucho más fuerte y potente que todas las
conveniencias sociales. Para ella, sobre todo después de lo ocurrido
en el transcurso de aquel día, no había nada en lo humano por
encima de aquella pasión amorosa, correspondida por su galán con el
mismo calor, con la misma fuerza y con la misma poderosa efusión de
su primer amor. Mimada desde pequeña —era rigurosamente cierto—
por sus progenitores, los quería como puede quererse a unos padres
cariñosos y ejemplares. Refinada en estos últimos meses su
educación en el santo temor de Dios, acababa de conocer que con
aquellas sus relaciones amorosas, que sostenía con su profesor,
desagradaba a su madre, y que con ello infringía seguramente los
mandamientos de la Santa Madre Iglesia; pero no dejaba de comprender
que ya era tarde para complacerla. ¿Cómo podía ella dar por
terminado, así como así, aquel afecto tan profundamente arraigado
en su corazón y que imaginaba que realmente la conduciría por
florido camino al bien que tanto apetecía gozar? ¿Cómo rechazar,
porque sí, a un hombre con quien tan bien congeniaba y al que
espiritualmente estaba atada por un solemnísimo compromiso
colmadamente correspondido? Pedirle este sacrificio era pedirle una
cosa muy superior a las fuerzas de su voluntad. Pensarlo siquiera, la
enloquecía de pesar. Mucho quería a su madre, pero en la renuncia
de su amor no la podía complacer. Además, ¿quién era capaz de
desmentir que su misma madre, guiada por el inmenso cariño que le
tenía, no terminaría por aceptar los hechos consumados,
apadrinando, inclusive, aquellos amores que desconocía en su pureza
e intensidad? ... Rendida por la fatiga de tanto pensar y sosegada un
tanto por el optimismo de su dulce esperanza, se durmió, no
despertando hasta que la madre, antes de recogerse en el lecho, le
sirvió un poco de alimento.

[Ambientación] María reflexiona sobre su amor por
el profesor y comprende que no puede renunciar a él pese a la
oposición materna. Fuente: Imagen creada con ayuda de ChatGPT.
Por
su parte, la madre, considerando una vez más lo ocurrido, se
preguntaba a sí misma, pesarosa, si no habría sido demasiado severa
para con su hija. ¿Debería llevar su rigor —pensaba— hasta
hacer enfermar a la hija de su alma; su único y mejor cariño
terrenal? ¿Qué conveniencia ni qué obligación la llevaban ni
podían llevar a ello? ¿La mira egoísta de la comadre? ... Y eso
¿por qué? Si, después de todo, su hija hubiera llegado o llegara a
enamorarse de aquel hombre tan bueno, tan servicial, tan listo, tan
fiel e instruido, ¿qué importaba, a fin de cuentas, que fuera
desconocido? ¿Y si aparecían sus padres? ¿Y si su familia, a
juzgar por los rasgos del interesado, era de las distinguidas? ... En
último caso, ¿a quién tenía ella que complacer y dar gusto, a su
comadre o a su hija, trozo de sus entrañas? ... Vaya, vaya. El
muchacho, sin duda alguna, era fino, noble, amable, servicial y
simpático como el que más. Instruido, lo era demasiado. Bien estaba
que si podía evitar aquellas posibles relaciones, las evitara por
aquello del desconocimiento de sus ascendientes inmediatos; a ello
estaba comprometida consigo misma y con su comadre y cumpliría lo
que voluntaria y espontáneamente ofreciera. Un calor, cualquiera lo
tiene. Ella lo tuvo y realizaría lo prometido. Pero si al fin y al
cabo hubiera algo difícil de deshacer o que no tuviera enmienda,
Dios sobre todo: que se cumpliera su santa voluntad.
La
comadre, también echaba cuentas. ¿Qué habría ocurrido entre la
madre y la hija? Ella sólo pudo alcanzar alguna que otra frase, que
nada le decían. Aquella indisposición desde la mesa, ¿no tendría
mucho de común y semejante con la padecida por su hijo? ¿Lo habría
desplazado ya el inclusero? Que la niña estaba por él no le
cabía duda. El rechazo liso y plano de su hijo se lo manifestaba sin
equívoco de ninguna clase. Aquel deseo de acostarse y de que la
dejaran sola, no parecía tener otra interpretación que la de
despedirla, alejándola de sus intimidades y de su presencia:
antipatía. Pues bien: antipatía por antipatía. La niña los
despreciaba, sin duda de ninguna clase. Pues a pagarles en la misma
moneda, amargándola cuanto pudiera y evitándole con su vigilancia
las relaciones que pudiera haber entre ella y el cunero.
También
cavilaba el hijo de la comadre. Sus preocupaciones por la
indisposición de su amada, le habían impedido conciliar el sueño
de la siesta. Algo le había dicho la madre, de lo que pasaba; pero
él había estado observando con todo cuidado y atención al
inclusero y nada de particular le había notado. En verdad que
cada vez le era más antipático aquel hombre rival y por lo mismo
enemigo irreconciliable, a quien odiaba a muerte; pero como era tan
estimado por todo el mundo ... En grave crisis de sentimentalismo
había ofrecido confiar y confiaba en la eficacia de la intervención
de la madre. El se sentía capaz de todo, pero ... nada: lo ofrecido,
ofrecido estaba; obedecería a la que le dio el ser.

[Ambientación] El joven profesor ignora las
intrigas que se están tejiendo contra él y piensa en el futuro
junto a la mujer que ama. Fuente: Imagen creada con ayuda de
ChatGPT.
El
profesor reflexionaba asimismo sobre cuanto se relacionaba con
su crítica situación. Ignoraba la nueva trama que se urdía contra
sus amores. Desde luego no había podido impedirlos. Por otra parte,
comprendía que un desconocido habría de despertar cierto
despego en los padres de la amada. La culpa de no conocer a los suyos
no le correspondía. En la vida, sólo supo aprovechar las enseñanzas
que le dieron y si sus investigaciones no habían dado fruto, tampoco
le era imputable. Además, él no se propuso despertar aquel afecto
que María le profesaba. Tal afecto surgió de la mutua
simpatía que se inspiraron. Lo que sobre este particular había
sucedido, lo fue indiscutiblemente por voluntad del Cielo. Había
más: el amor que se profesaban era sano y puro, como las primeras
brisas que soplaron en el mundo. Era cierto que no podía ofrecer un
nombre, pero ofrecía un hombre, valga la inmodestia. Ignoraba su
ascendencia familiar, no podía negarlo sin mentir, pero se
consideraba capacitado para ejercer honradamente una profesión, un
arte o un oficio y se reconocía que no le dominaba nada más que una
ambición: seguir siendo honrado y ser correspondido, como lo era,
por su amada, con toda la fuerza de aquel su primer amor. Además,
confiaba en Dios, alimentando en su fe ardiente la esperanza de
encontrar sus verdaderos apellidos ...
Después,
descendiendo en sus consideraciones, se decía sin jactancia ni
presunción alguna, con toda sencillez y sin rebasar los límites de
la humildad:
—En
todo caso, se me da una mujer honrada y hacendosa y un hogar
desahogado. Ella se lleva un hombre honrado, leal y trabajador, que
sabe corresponder cumplidamente a su cariño: HAY COMPENSACIÓN.“»
***
Fuente:
“LA
FUERZA DE UN PRIMER AMOR:
novela
de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter
sentimental”,
por Luis
Briceño Ramírez,
p.p. 139-146.
Diario
Jaén, Talleres Gráficos, s/f.