JURAMENTO
DE AMOR.1ª
parte.
«”La
hija de los dueños de la venta, adiestraba, según sabemos, al nuevo
empleado de la misma, en los quehaceres en que la iba sustituyendo.
Al
decir lo cierto, ya estaba bastante bien impuesto en todos ellos;
pero simpatizaba tanto con él … ; le agradaba de modo tal,
sonándole a melodías, la dulce entonación con que hablaba … ; le
embelesaban de tal manera sus decires … ; le rendían con tal
fuerza sus atenciones y delicadezas, y decía unas frases tan gratas
y tan bien encajadas en sus gustos que, la verdad, no acertaba a
renunciar voluntariamente al placer de dialogar con tan singular
compañero, sobre todo cuando no les estorbaba la impertinencia de
cualquier testigo.
Aquella
mañana, cual otras muchas, se habían levantado ambos bastante
temprano; los dos, entre otras faenas, habían dispuesto y
suministrado el primer pienso de los irracionales estabulados; los
dos habían ordeñado a los animales de leche y entregado para su
cocción la obtenida. También habían soltado al monte y a los
prados los cuadrúpedos de pasto libre, guiándoles hacia aquéllos.
Ahora
descansaban, dialogando plácidamente, frente al establecimiento, en
la apacible semisombra de un como apretado haz de arboleda, en cuya
espesura acostumbraban a pasar todos los veranos las hora de mayor
calor.

[Ambientación] La niña de la venta en conversación con el nuevo
empleado. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
El
sol, bastante levantado sobre el horizonte, lo invadía todo con sus
fulgentes rayos y elevaba la temperatura, caldeando el ambiente. De
vez en cuando, alguna que otra nube blanca, con blancura de vellón
de tierno corderillo, navegando, lenta, a impulsos de suave brisa,
interceptaba sus rayos, temblando momentáneamente sus ardores. El
ganado libre, pacía tranquilo; las aves errantes, volando de árbol
en árbol, entonaban alegres cantares; diversas mariposas, de colores
varios, libaban de flor en flor, y el agua de las emanaciones de la
sierra, se deslizaba, susurrante, cuneta allá, buscando niveles más
bajos.
Por
el ancho y espacioso camino público mediato, marchaba un viandante,
a lomos de pacífica caballería, entonando copla de aires populares,
para alegrar, seguramente, la soledad de su viajata:
<Aunque
tú nada me digas, / ni nada te diga yo, / nuestras almas, niña
hermosa, / se han entendido las dos.>
En
este momento, pregunta el novel empleado a su ama y compañera:
-¿Has
escuchado? No parece sino que el autor de las copla ha adivinado
nuestra situación espiritual. ¡Que directamente nos salude!
-Es
verdad, es copla muy interesante. ¡Quién la habrá sacado!
-Algún
poeta que, sin duda, ha vivido lo que nos ocurre a los dos.
-¡Poeta!
No conozco lo que escriben, si se exceptúa alguna que otra copla de
las que se cantan por aquí.
-¿De
modo que no conoces -se tuteaban desde los primeros días- más
versos ni más poesías que la de esas coplas vulgares que ruedan de
boca en boca, y que tan poco se parecen a la que entona ese
caminante?

[Ambientación] Después del trabajo diario. Fuente: Imagen creada
por ChatGPT.
-Nada
más. ¿Quién me las iba a dar a conocer y mucho menos a enseñar?
¿La pobre maestra que por cinco pesetas mensuales y algún
que otro regalillo, en especie, acudía diariamente a casa, durante
poco más de una hora, hasta ponerme en el deletreo que pudiste
apreciar? ...
-Es
verdad, es verdad; no me daba ahora cuenta de ello. Pues sí; hay
cerebros privilegiados que saben combinar sus decires, especialmente
escritos, de tal modo que, penetrando en el alma del que los lee o
escucha, la elevan sobre lo común y ordinario, transportándola a
regiones espirituales donde no hay más que placer, embeleso y dulce
encantamiento.
-¡Qué
gusto disfrutar de estas delicias! ... ¿Cómo es que tú, tan
amable, tan complaciente no me hayas proporcionado ya esa
satisfacción? ... No te lo perdono, pollo, y te castigo a que cuando
bajes a la ciudad, lo antes posible, arregles las cosas de modo que
adquieras de esa clase de libros y escuche yo, de su lectura, esa
clase de lenguaje.
-¡Ah,
amiguita mía! No es necesario. Precisamente un profesor que yo tuve,
mi principal educador y conductor, conociendo mis aficiones a la
poesía, me daba a leer textos de dos paisanos suyos, poetas, a los
que admiraba con veneración positiva, y me hacía declamar sus
composiciones, muchas de las cuales aprendí de memoria.
-¿Y
las recuerdas bien?
-Sí;
con todo detalle.
-Pues,
ansiosa, aguardo que repitas algunas.
-Allá
va la titulada
<El
año Campestre> (1)
¡Cuánta
hermosura en la tierra! / Parece el prado un vivero; / Las rocas
están vestidas / De la felpa del helecho, / De las mieses, ya
espigadas, / Cuando las inclina el viento, / Ocultan formando un
toldo, / De las hazas los linderos. / Vense bardales y tapias / De
enredaderas cubiertos, / De amapolas los sembrados, / De juncias los
arroyuelos; / Y para colmo de vida, / Crecen cardos en los yermos, /
Y malvas y jaramagos / En las calles y los techos. / A los perfumes
silvestres / Que en los campos toma el céfiro, / Del toronjil y el
mastranto, / Del hinojo y el cantueso, / Se juntan los de la
albahaca, / El azahar y el espliego, / Que embalsaman el ambiente, /
De los jardines y huertos. / Ya tusadas crin y cola, / Grabado en el
anca el hierro. / Y en brillante pelo corto / Trocado el sucio de
invierno, / El potro, cual sí sintiera / Hervir en sus venas fuego,
/ Resopla, piafa, relincha / Y ensaya en correr sus remos. / El rico
vellón de lana / Entrega el manso cordero, / Y tábanos zumbadores /
Persiguen a los becerros, / Que parten, perdido el tino, / Y jadeando
y mugiendo, / En busca del valle umbroso / Donde está el abrevadero.
/ Madura el albaricoque, / Más fino que el terciopelo; / Pica el
gorrión en la breva, / Que de miel guarda un venero / Y la mazorca,
que agita / Un penacho como un yelmo, / Sus tocas pajizas abre, /
Mostrando el grano bermejo. /
[Ambientación] Vida rural y celebración campesina. Fuente:
Imagen creada por ChatGPT.
Pasa
el rústico la noche / Los melonares cubriendo / Con paja para
librarlos / Del influjo del sereno. / Y frente a las madrigueras, /
El arma al brazo, en acecho / De los topos y lirones, / Para su daño
despiertos . / Más pronto la escena cambia: / Derrama el sol vivo
fuego, / Y, como al salir de un horno, / Abrasa y sofoca el viento, /
Que lleva sus alas, / En vez de aromas, suspenso / El polvo de los
terrones / Que el calor va deshaciendo. / En pedregal se convierte, /
O en bancos de arena, el lecho / Del arroyo, que era un río / Sin
vado alguno en invierno. / De la Aurora los fulgores / Tiñen de rojo
sangriento / La bruma caliginosa / Que se levanta del suelo, /
Semejante a la abrasada / Humareda de un incendio, / Y se alza el
sol, y se aspira / La atmósfera del desierto. / Entonces, debajo de
otro / La testuz guarda el carnero, / La yeguada se mosquea /
Juntándose en corro estrecho. / Y la perdiz y la alondra / Están en
el pico abierto / Y con las alas caídas, / A la sombra de los setos.
/ Tan solo el calor resisten / Los zumbadores insectos / Cuyas
corazas de oro / Despiden vivos reflejos; / Las tórtolas, que,
escudadas / Por el pabellón espeso / De los pinos, siempre verdes /
De uno en otro van gimiendo / Y las cigarras ventrudas, / Que
redoblan su concierto, / Saltando a la espiga seca, / Que se
desgrana a su peso. / ¡Infeliz del campesino / Que, sudando, sin
aliento / Y abrasadas las espadas. / Va por los valles y oteros, / El
trigo rubio segando, / Que convertido en pan tierno, / En manos del
poderoso / Ha de ver, quizás hambriento! / Pero él triste, con su
sino / Resignado y satisfecho, / Apenas si para mientes / En el día
venidero, / Y duerme sobre la hacina / Tranquilo, mientras su dueño
/ Tal vez procura y no logra / Cerrar sus ojos despiertos. / Cuando
repara en que apenas / Proyecta sombra su cuerpo, / ¡Con qué placer
deja el tajo, / Y en el parral, a cubierto, / Bebe a chorro en el
botijo, / Aliña el gazpacho fresco, / O abre la roja sandía, / Que
cruje bajo sus dedos! / Y cuando llega la noche, / ¡Qué bullicio,
qué contento / En las parvas de las eras, / Que sirven de mesa y
lecho! / Hasta el capataz se olvida / De su alto rango y empleo, / Y
en vez de acallar la zambra / Alegre baila en el ruedo. / Con alguna
escogedora / De buen talle y ojos negros, / Que de amapolas y espigas
/ Orló su rostro moreno. / Aquí un mozo enamorado / Está a solas y
en silencio / Ensartando arreboleras / Para aquella que ve en sueños;
/ Allí las espigadoras / Van buscando por los setos / Luciérnagas
encendidas / Para adornar sus cabellos. / Y allá, en la vereda, se
oyen / Los cantos del pasajero, / Que, más que cantos, parecen /
Gemidos que lleva el viento. / Mas bien pronto no se escucha / Otro
rumor en el suelo / Que el del grillo, que ha tomado / De las
cigarras el puesto. / Entonces, de las estrellas / A los fugaces
reflejos, / Responden nubes lejanas, / Ocultas tras de los cerros, /
Con súbitos fusilazos /que encienden de grana el cielo, / Y que
anuncian otro día / De más calor que el ya muerto.
(1)
José Velarde.- Obras poéticas.- Tomo segundo.- Poemas.-
Páginas 183-II. “» // Esta
pieza también se puede leer en el siguiente enlace, pudiéndose
aprovechar para ver otras poesías del poeta conileño: AQUÍ.
CONTINUARÁ
CON “JURAMENTO
DE AMOR, 2ª parte”,
el
12 junio
2026.
***
Fuente:
“LA
FUERZA DE UN PRIMER AMOR:
novela
de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter
sentimental”,
por Luis
Briceño Ramírez,
p.p. 93-111.
Diario
Jaén, Talleres Gráficos, s/f.