CUITA.
«”Por
la cimera de los ventanales de la salita donde guardaba cama el
profesor,
abierta constantemente para dar luz y ventilación a la misma, entran
en torrentes de oro, los primeros rayos del sol mañanero.
Simultáneamente
con ellos, entra, también, suave y acariciadora, la brisa
vespertina, inundando el aposento del perfume de los jardines que
casi rodean el benéfico establecimiento. Allí huele
sobresalientemente a heliotropo y a jazmines, cuyas matas se enredan
y hasta trepan por los propios hierros de los ventanales. La
temperatura es agradable; el ambiente, grato.
El
enfermo ha descansado relativamente bien, dentro del abatimiento que
le ha hecho perder el ánimo y, con él, las fuerzas y el vigor. Le
despertaron las primeras claridades del nuevo día y la música
armoniosa de los pajarillos que se aposentaban en la arboleda de
aquellos jardines. Su imaginación no se aparta fácilmente del
contristamiento
[1]
y profundo dolor que produce en su alma el recuerdo,
cruel y artero, de lo sucedido en el “Bosquecillo de las
Juncias”. En su ánimo persiste la turbación y la angustia y
está a punto de romper en pungidos
[2]
cuando se le presenta la hermana enfermera,
preguntándole que si había descansado y cómo se encontraba.

[Ambientación] El profesor
confiesa a la hermana su amor por la venterita y las circunstancias
de su expulsión. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
—Descansar,
psh, descansar! … Si el descanso se refiere a reposar o a reparar
fuerzas con la quietud y la buena alimentación, sí, he descansado
bastante. Sois aquí excesivamente amables y cuidadosas para que eso
no se pueda lograr con facilidad. Mas si se relaciona la pregunta con
el haber conseguido alivio o consuelo en mi verdadero padecimiento,
hermana bendita, he de serle franco: no. En ese aspecto, es difícil,
por no decir imposible, el mejoramiento, a pesar de vuestra extremada
solicitud.
—¡Huy,
lo que acabo de descubrir! ... ¡Enfermedad moral! Pues mire, hoy,
que traigo autorización especial para interrogaros cuanto sea
necesario, comenzaré por decirle que también podemos hacer algo en
ese sentido, cuando el paciente es sincero y confía en Dios Nuestro
Señor.
—¿Sí?
Pues yo me precio de poseer ambas cualidades.
—Vamos
por partes. En primer lugar, y antes de nada, necesitamos conocer su
nombre y sus apellidos, el de sus padres, la naturaleza de usted y
sus demás circunstancias. De modo, pues, que ahora soy yo quien
interroga: ¿cómo se llama? ¿Se puede saber?
—¿Por
qué no? José María de Dios.
—¡Hombre!
...
—Otra
cosa no sé.
—Bien.
¿Edad? ...
—Creo
que poco más de 18 años.
—¿Naturaleza?
...
—Me
parece que de Madrid. Al menos, eso es lo que he logrado averiguar en
todas mis investigaciones.
—¿Alguna
otra particularidad? ...
—Secretas,
dos: una, indeleble: falta de la primera falange del meñique del pie
izquierdo; otra, de archivo: medio escapulario valioso, con iniciales
disimuladas.
—Muy
bien. Ahora, antecedentes del padecimiento moral. Esto, sin
violencias, ni para su ánimo, ni para sus reservas.
—Le
hablo con la misma sinceridad que al confesor.
—Gracias
por su confianza. Su depósito revestirá la solemne cualidad de lo
intransferible. Sólo la Superiora, por deberes de nuestra regla,
compartirá el secreto, si usted así lo quiere.
—De
la Receptoría donde me depositaron, pasé con la edad de párvulo al
nuevo Establecimiento provincial donde adquirí la primera enseñanza.
No me iniciaron en ningún oficio. Solamente noté, ya algo mayor, el
interés, la asiduidad, el cariño y la solicitud que el profesor
docente ponía en mi educación y en mis estudios. A él debo,
precisamente, la poca ilustración que poseo, mi entrenamiento en los
deberes religiosos y mi formación espiritual.
—Se
la ha dejado conocer desde el primer cambio de palabras. Sinceridad
por sinceridad. A ello ha obedecido esencialmente mi condescendencia
en el dialogar, autorizada, como es natural, por mi Superiora.

[Ambientación] La hermana le da su alimento y le ofrece su ayuda.
Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
—Agradecido
y continúo. Mi vida se deslizó monótona y corriente, sin más
actividades que las concernientes a esos aspectos que le he referido.
Mas llegó el momento en que por razones de edad no podía continuar
por más tiempo en el benéfico establecimiento, y se me dio la
libertad de conducirme en la sociedad por mis propios medios. Ahí
tiene usted, hermana amable, el comienzo de mi calvario y de mi
peregrinación angustiosa en la vida, siempre en pos del calor de la
creación de un hogar y, si la mancha de carecer de apellido no lo
impide, el de una familia.
—¿Y
por qué salió de Madrid, donde el logro de su justa aspiración
era, sin duda, más factible?
—Muy
sencillo: en los primeros días de mi libertad de acción, me ayudó
el profesor del
establecimiento provincial, no sólo con alimentos, sino
recomendándome con todo interés entre sus amistades. Estas
gestiones no dieron resultado alguno y como los medios económicos de
aquella excelente persona no le permitieran más dispendios, ni mi
conciencia me permitía consumir lo que era de otros necesitados,
hube de rendirme a la situación de mi propia suerte. Y acarreé
bultos y maletas, pedí limosna, comí sobra de rancho en los
cuarteles y dormí en los antros de la plebe, hasta que una batida de
la Policía me lanzó a los caminos y carreteras, a buscar en el
pedir ambulante los medios más indispensables para la subsistencia.
—¡Qué
horror! ... ¿Y cómo sabe lo de aquellas particularidades que le
comprenden entre los reclamables?
—Un
secreto del profesor de mis
enseñanzas.
—¡Ah!
Luego él sabía algo de sus antecedentes familiares.
—Lo
que le dio a conocer el acta de mi recepción, de la que, como
persona de absoluta confianza, fue testigo.
—Ya,
ya. ¿Y lo del padecimiento moral?
—Segunda
y esencial parte de mi cuita: una particularidad más de mi sino de
sufrimiento.
—¿Fatalista?
—Cristiano
sincero y fervoroso. Realizaba una de las caminatas de mi constante
vagar. Al margen de la carretera general, sentada al borde de un
abrevadero existente frente a una Venta, hallé una tarde a una joven
cuya sola presencia cautivó mi corazón. Dialogamos, simpatizamos y,
luego de un breve incidente provocado por los celos del encargado de
mostrador del establecimiento, a quien la hija del ventero tenía
rechazado de plano, quedé colocado en la Casa, para llevar la cuenta
y razón de los negocios de la misma; sustituir a la venterita en los
quehaceres impropios de una mujer, que corrían a su cargo, y para
darle lecciones de la primera enseñanza, que apenas conocía. ¡Dios
misericordioso, que me abría la senda de mis vehementes
aspiraciones!

[Ambientación] El profesor reflexiona en silencio,
dolorido, recordando a María y su primer amor. Fuente: Imagen
creada por ChatGPT.
—Profesor
de una joven con quien se ha simpatizado...
—De
ella enamorado. Sí, señora. Eso me llamaban, profesor, para
sustituir mi nombre, por el que nadie me preguntó nunca. En esta mi
confesión —ya que como tal la considero— he de hacer una
advertencia importante: lo primero, de mí, que conoció la
venterita, precisamente en el primer diálogo con ella mantenido,
fueron mis circunstancias personales y mi situación social.
—Y
a pesar de ello, simpatizó.
—¡Claro!
Como que esos fenómenos se operan en el alma. Por algo se dice que
el Amor es ciego.
—Siga.
—Nos
enamoramos mutuamente: primer amor puro, noble, santo ... Así nos lo
juramos, con efluvios nacidos directamente del alma, aunque con el
propósito de encerrarlo en nuestro pecho, disimulándolo, por el
pronto, ante los demás, por temor a los efectos de mi carencia de
apellidos y a los recelos del encargado de mostrador, pues de un
derrotado hay que estar siempre prevenido.
—Difícil
dificultad.
—En
efecto, fuimos descubiertos cuando la fuerza de nuestro amor era más
vigorosa y lozana, más pujante e incontenible ... ¡Escena terrible,
que jamás se borrará de mi memoria! ... Fui menospreciado por la
madre y definitivamente expulsado! ... ¡Pobre amor, truncado y
maltrecho, cuando más firme y seguro se creía! ... ¡No puedo
recordarlo ni olvidarlo! ...
El
convaleciente se aflige y de sus pupilas, quieras que no, caen
gruesas lágrimas, cuyo brillo va a apagarse al ser absorbidas por
las ropas cameras.
La
hermana enfermera también se entristece; pero, más fuerte de ánimo,
consuela al paciente y corta la escena elevando su mirada al infinito
y exclamando con toda unción:
—Dios
es Grande y Sapientísimo. Elevemos nuestro pensamiento hacia Él y
acatemos, humildes, su santa decisión.
“»
NOTAS
DEL TRANSCRIPTOR: [1] La
palabra contristamiento no se encuentra recogida como entrada
independiente en el diccionario de la RAE, pero proviene de
contristar:
entristecer, afligir, a penar, apesadumbrar, … Fuente: Diccionario
RAE. // [2]
Pungido es el participio
del verbo pungir, poco usado hoy en día, o bien puede tratarse de
una confusión común con la palabra
pujidos: gemidos o
sonidos que una persona hace exhalar con fuerza duranre un esfuerzo
físico o por dolor. Fuente: Diccionario RAE. //
***
Fuente:
“LA
FUERZA DE UN PRIMER AMOR:
novela
de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter
sentimental”,
por Luis
Briceño Ramírez,
p.p. 165-170.
Diario
Jaén, Talleres Gráficos, s/f.