En pleno verano y todavía con el
recuerdo muy vivo del dramático 2025, cuando los incendios
forestales volvieron a golpear con dureza buena parte del sur
peninsular, resulta especialmente oportuno recuperar este extenso
artículo publicado en el Boletín
Oficial de la Provincia de Cádiz
los días 20 y 21 de agosto de 1833. El texto sorprende por la
actualidad de muchas de sus reflexiones: describe la devastación de
montes y cultivos, denuncia tanto las negligencias humanas como los
incendios provocados, y propone medidas preventivas que hoy
reconoceríamos como precursoras de los cortafuegos o las quemas
controladas.
Más
allá de su valor histórico, el documento constituye un testimonio
extraordinario de cómo hace casi dos siglos ya existía conciencia
de la dimensión económica, social y ambiental de los incendios
forestales. Su autor no solo lamenta la pérdida del paisaje y de la
riqueza agrícola, sino también el drama humano que arrastra el
fuego: pueblos empobrecidos, generaciones arruinadas y territorios
reducidos a “esqueletos de tocones cubiertos con el negro manto de
la desolación”. Leer hoy estas páginas permite comprobar hasta
qué punto ciertas amenazas siguen siendo las mismas, y cómo la
prevención, la gestión del territorio y la responsabilidad
colectiva continúan siendo esenciales frente a un problema que cada
verano vuelve a poner a prueba a nuestras sociedades.

[Ambientación] Incendio, uno cualquiera de los numerosos
ocurridos en 2025, éste del 20 de agosto. Fuente: “Tsunami
climático – Incendios 2025”, matarpormatarnon.org.
“«SOBRE
LOS MEDIOS DE CONTENER LOS INCENDIOS DE LOS CAMPOS.- Todos los
veranos se suelen padecer en casi todas las provincias de la
península fuegos horrorosos que han devorado en un abrir de ojos
montes dilatados y pobladísimos, y ricas posesiones de árboles
preciosos. Largas columnas de nuestros periódicos han comunicado las
noticias de estos desastres, y han afligido el ánimo de todos los
amantes del bien público, haciéndoles copartícipes del dolor de
los infelices que han perdido tan desgraciadamente sus medios de
vivir, con el avance hecho por muchas generaciones para la
subsistencia y comodidades de las sucesivas.
Extremadura,
las Andalucías todas, en particular la frondosa provincia de Córdoba
han visto desaparecer en una noche el arbolado, fruto del esmero y la
fatiga y de las más severas privaciones por el dilatado espacio de
siglos. Las sierras y las llanuras que daban la madera, la leña, el
corcho, la bellota, la grana, la miel y la cera, … y las
propiedades que rendían la aceituna, la almendra, la castaña, las
frutas mas almibaradas y aromáticas, reuniendo las más pintorescas
perspectivas con las utilidades más seguras, han quedado convertidas
en esqueletos de tocones cubiertos con el negro manto de la
desolación, dejando sumidas en la miseria las más acomodadas
poblaciones.
No
son nuevos entre nosotros estos desastrosos sucesos. Yo me acuerdo
muy bien de los fuegos que en 1811 devoraron una buena parte de los
árboles de tierra de Barros y montes inmediatos en la provincia de
Extremadura, y se me representa muy al vivo en mi imaginación el
horroroso cuadro que se presentaba a la vista algunas noches desde la
cima de la alta sierra de Monsalud, a la que solía subir con algunos
amigos para observar los movimientos de las tropas en las llanuras
inmediatas. Por tres, por cuatro, por seis y más partes se alzaban
gruesas columnas del fuego, que reducían a mayor aflicción a los
pueblos trabajados por una guerra tan azarosa [la
de la Independencia].
Ardían a un tiempo las mal cultivadas tierras feudales de Solanas y
la Corte de Peleas, las sierras feraces de Salvatierra y de Feria,
las laboradas campiñas de Almendralejo y Villafranca, los
alrededores de la destruida y renombrada Albuhera, y los montes
encinares de Barcarrota y Jerez de los Caballeros.

Primera hoja, del primer “Boletín” citado,
publicado el 20 de agosto de 1833, con el inicio del didáctico
artículo que se transcribe. Fuente: “Colección histórica
del BOP de Cádiz”.
La
misma elevada sierra que nos servía de atalaya vino también a su
vez a ser presa de las llamas, que destruyeron su espeso arbolado, en
el que abundaban extraordinariamente los almendros, que se dan allí
espontáneamente lo mismo que en el inmediato término de Almendral,
y que proveen de este artículo aquel país. Más sensible fue la
pérdida que sufrió el Señor D. Juan Nieto, marqués de
Monsalud, pues habiendo entrado el fuego en la hermosa posesión que
tiene en la falda septentrional de aquella sierra de olivos injertos
en acebuche, abrasó muchos miles, que a pesar de quedar en
los tocones no podía esperarse fruto alguno de ellos, sin hacer de
nuevo los cuantiosos gastos que costó injertarlos en otro tiempo.
Para
remediar los efectos perniciosos que se experimentan en nuestros
arbolados y campos, sería convenientísimo que indagáramos las
causas de que provienen, pues en toda clase de exámenes el
conocimiento de las causas conduce naturalmente al hallazgo de los
remedios. No diré yo lo que un poeta de la antigüedad de que
existía un fuego sagrado en los montes, el cual desocultándose
algunas veces originaba las destrucciones de los mismos. Esto está
muy bien dicho en el sentido que hablaba el poeta, y sin detenernos a
desenvolver la doctrina que encerraba bajo sus palabras misteriosas,
pasaré a hacer la reseña de las causas que suelen dar origen a los
incendios de los arbolados y montes.
Estas
pueden ser casuales o voluntarias. Casuales son las que provienen del
descuido de los labradores, pastores, viajeros, lavanderas y demás
personas que andan por los campos, que habiendo encendido fuego para
los diversos usos de la vida o para sus oficios, no tuvieron el
cuidado de apagarlo cuando concluyeron sus quehaceres, o padecieron
el quebranto de que por inadvertencia, fuerza del viento o cualquiera
otro accidente se les escapase el fuego, comunicándose a los árboles
o pasto inmediato. Los fumadores que no han reparado en tirar al
suelo la punta del cigarro, todavía encendido, o la yesca que les
sirvió para prenderle fuego, han causado con su inadvertencia
reprensible fuegos que han quemado muchas leguas, y de algunos han
sido víctimas, pereciendo abrasados, género de muerte las más
cruel que pueda sufrir un hombre.

[Ambientación] Los lugareños tratan de poner a salvo todo lo
posible ante el pavoroso avance de las llamas. Fuente: Imagen creada
por ChatGPT.
Muchos
son los fuegos que han procedido de estas causas, hijas de la
casualidad, pero se puede asegurar sin miedo de equivocarse que la
mayor parte de estos lamentables acaecimientos no tiene otro origen
que la voluntad de los que por satisfacer su odio, su capricho y su
interés pegan fuego con toda intención a los montes y arbolados. Si
no tratara de ser conciso entraría en detalles que patentizarán los
móviles que el interés tiene en las gentes del campo para tales
actos, de los que obtienen algunas utilidades. Los pastores,
especialmente de cabrío, para que después de quemado el monte,
echen retoños, que tanto apetecen a las cabras, los que se ocupan en
sacar la casca para las tenerías, para que caigan árboles, de que
hacerla, los que procuran cenizas para los jaboneros y queman árboles
para hacerlas con la mayor facilidad, los leñadores para que caigan
árboles corpulentos que les sería duro derribar, los labradores que
tienen que quemar una roza y no toman las precauciones necesarias a
evitar la propagación del fuego, los pastores de toda clase de
ganados para que quemado el pasto alto y largo que ha de ser
aprovechada con comodidad la hierba que sale con más vigor después
de la quema, y otros muchos que en los campos pueden tener utilidades
de resultas del fuego, son los que comúnmente le dan nacimiento, sin
arredrarse por las consecuencias espantosas que pueden sobrevenir en
las haciendas y en las personas.
Otros
fuegos no proceden más que del capricho del que los ejecuta sin un
objeto de utilidad real, que es uno de los caprichos más raros y
extravagantes en que puede caer un hombre. Yo me acuerdo del
compromiso en que me puso una noche en una dehesa de Extremadura un
compañero de viaje y amigo, empeñado en hacer arder una encina.
¡Vano intento! Estaba verde y resistía al poco fuego que le
aproximaba, podo decidido a levantarse llamas, no titubeó en pegar
fuego al gran chozo a que nos había hecho acoger el rigor de la
estación, sin que hubiese reflexiones que le pudiesen detener en la
ejecución de su capricho.
El
entorno y la venganza se complacen en hacer mal quemando las
posesiones y los montes, y a veces por vengarse de un individuo sólo
padece un pueblo entero. Infinitos lances podríamos enumerar;
citaríamos el de Zafarraya, atentado el más horrendo de que son
susceptibles los pueblos cuando son dominados por los odios tan
frecuentes en los pueblos colinderos. Pero voy a tratar del remedio
de estos fuegos destructores.

[Ambientación] El monte, durante el período estival, si durante
el invierno no se ha tratado adecuadamente, reúne unas apropiadas
condiciones para que se incendie. Fuente: Imagen de S. Arén,
“ahoraleon.com”.
Uno
hay verdaderamente radical y general, capaz, no de atajar estos
daños, sino de evitarlos para siempre. Pero este medio, que no es
más que el fomento de la prosperidad pública, es obra del gobierno
y del tiempo. Cuando se acabe de plantificar el sistema económico
que ha emprendido el gobierno, entonces no habrá fuegos que
recorrerá sin obstáculo docenas de leguas. Repartidos los terrenos,
diseminada la población por los campos, y todos puestos bajo el
cultivo que les sea conveniente, ¡halagüeña esperanza! Entonces es
bien seguro que nuestros descendientes no podrán concebir los
terrenos inmensos que cubría un océano en llamas al menor descuido
o por mala voluntad de algún individuo.
Pero
mientras no se realizan mejoras tan esenciales y que tanto conviene
acelerar, voy a proponer un medio que puede evitar muchos males a
nuestros campos y posesiones en el estado actual que tiene nuestros
sistema agrario.
Fuera
de aquellos montes espesos y matorrales en que los árboles y
arbustos están tan entrelazados, que una vez comunicado el fuego a
un extremo es indispensable que lo recorra todo a no oponerse un
viento violento, hay espacios entre los árboles que suelen estar
limpios de arbustos y que crían abundante y nutritiva hierba. El que
haya viajado por Extremadura habrá observado que las inmensas
dehesas pobladas de encina y alcornoque tienen claros sus árboles, y
tan limpios como los olivos de Andalucía, efecto de ser muchas de
propiedad particular (como lo son las 217 que hay en el término de
Jerez de los Caballeros) y otras que pertenecen a los Concejos, se
hallan en buen estado porque sirven para las siembras de granos,
repartidas anualmente en suertes a los labradores.

[Ambientación] Un grupo de aldeanos observan cautelosos la
evolución del incendio que afecta a su territorio. Fuente: Imagen
creada por ChatGPT.
Los
propietarios de las dehesas situadas en la jurisdicción de
Bancarrota y otros pueblos de aquella sierra, que por la izquierda
del Guadiana va a buscar las del Andévalo, en la provincia de
Sevilla, evitan los fuegos que suelen destruir las hermosas dehesas
de aquel territorio rayano a Portugal, quemando el pasto a principios
de junio, esto es, a la salida de la primavera o principio del
verano, según se ha adelantado o atrasado el calor, de modo que el
pasto no esté seco del todo. Hallándose en este estado no toma
cuerpo el fuego, ni arde el pasto que se cría debajo de los árboles,
cuya sombra conserva por más tiempo su verdura. Esta operación
sencilla y económica, que puede ejecutar un hombre solo en una
dehesa puede evitar y evita a los que la practican el dolor de ver
perdida su hacienda por la voracidad de las llamas.
No
es necesario quemar todo el pasto seco que este fuera de la sombra de
los árboles, pues con hacer ciertas fajas o caminos que atraviesen
en varias direcciones la posesión, y que la circunden por sus
extremidades, se evitará el que se comunique de afuera el fuego y el
que pueda progresar en el caso de que se encendiese dentro de la
posesión.
Los
propietarios de olivares que por falta de fondos o cualquiera otra
causa no hayan podido cultivar sus olivos, y los tengan expuestos a
se pábulo de las llamas por el pasto que haya arrojado la tierra,
tienen en esta práctica un medio de evitarse tamaño perjuicio.
Propongo
a los propietarios de arbolados este medio sencillo, que también
puede aplicarse para precaver otros objetos en los campos, como
las mieses en las eras … las ganaderías … para que noticiosos de
él puedan evitarse los daños asombrosos que suelen padecer en sus
haciendas. En los terrenos que no sean de propiedad particular,
sucederá siempre lo mismo que acontece en la raya de Portugal, donde
únicamente en las propiedades particulares se aprovechan de esta
medida económica quemándose con mucha frecuencia los montes y
arbolados comuneros, como si no fuese conocida esta práctica, efecto
del interés individual, agente del más soberano de los hombres. No
obstante, me lisonjeo que los Ayuntamientos adoptarán la que les
propongo, pues encargados de promover la prosperidad pública, no
podrán desentenderse de un medio que hace necesario nuestro actual
sistema rural, y que dejará de serlo cuando la riqueza de la nación
suba al grado que la prometen su clima, su localidad y el genio de
sus hijos. S.”»
***
Fuente: “Colección histórica del BOP de Cádiz”,
No. 81 y 82, del 20 y 21 de agosto de 1833. // Fichas elaboradas por
Antonio Martínez Cordero y depositadas en el Archivo
Parroquial Santa Catalina, gentileza de Yelman Francisco
Bustamante Solórzano, párroco de Conil de la Frontera.