LA YEGUA TORDA.
Una de las mejores caballerías de silla de todos aquellos contornos era, era, sin duda alguna, la yegua torda de un compravendedor de granos y aceites, de una de las poblaciones en que hemos residido, y no son pocas.
El animal era, efectivamente, un bello ejemplar de la raza caballar, de buena talla, buen andar, buena edad, mucha docilidad, mucha tranquilidad y nobleza de un pacifismo poco común en esta clase de animalitos.
El dueño, enorgullecido por las raras cualidades de su cuadrúpedo, lo cuidaba con todo esmero y lo quería con la misma inclinación y apego que el niño tiene al juguete que le entusiasma y más le distrae.
[Ambientación] El dueño de la yegua, en la plaza, preparado para prestarla, mientras comentaba la confianza que tenía en su animal y en quien lo montaba. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
En cierta ocasión le pidió la yegua, prestada, un funcionario público a quien circunstancias de índole fiscal le impedían negarle el favor, para evacuar cierta diligencia de carácter urgente e inaplazable en localidad cercana a la que ambos residían. Era cuestión de horas; esto es, salir por la mañana, para retornar en las primeras horas de la tarde: total ocho o nueve horas.
El comerciante, que tenía confianza suficiente para ello, advirtió al funcionario, en recordación de lo que todos sabían, el interés y simpatía que sentía hacia el animalito que le confiaba, recordándole, ratificadamente, el ruego de que también lo atendiera y cuidara como él lo hacía, recogiendo del empleado amigo las seguridades completas de su buen comportamiento para con la yegua, al tiempo de su despedida.
Corrían las últimas horas de la tarde de aquel mismo día. Temperatura excelente. Cielo despejado, por el que sólo rodaba, de vez en vez, alguna pequeña nube blanquecina, impelida por suave y refrescante brisa marina.
El dueño de la yegua torda, al igual que otras personas de la vecindad, disfrutaba de las excelencias de la temperatura, sentado en la amplia zona cubierta de sombra de la plaza principal del pueblo, al lado de la puerta de la Oficina pública donde su amigo el empleado, a quien había prestado su animal favorito, prestaba sus servicios.
Conversando con otros compañeros del oficinista viajero, comentaba el posible trato dado por el mismo a su caballería.
[Ambientación] El examen del dueño puso de manifiesto el descuido: la yegua no había sido atendida en todo el día. Fuente: Imagen creada por ChatGPT.
-Cuando venga -decía-, veréis cómo le saco yo si la ha cuidado o no, como me ha ofrecido.
-¡Cómo! -manifestaban sus escuchantes-; ¿pero eso se conoc?
-Ya lo creo que se conoce. Veréis como yo se lo averiguo, con la mayor sencillez.
Y, en efecto, unos minutos después, caballero en la yegua torda del compravendedor que conocemos, llegó el excursionista, parándola y apeándose precisamente delante del dueño de la misma.
Éste, levantándose de su asiento y tomando las riendas del animal, le hizo observar al que acababa de ser su jinete:
-Hombre, esta cincha la apretaste demasiado, y la barbada del freno viene torturando al animalito.
A estas observaciones, contestó ingenuamente el aludido:
-Yo, no. A mí no se me pueden achacar esas anomalías. Eso lo llevaba indiscutiblemente de aquí, porque allí, ni se le ha quitado la silla, ni se le ha tocado al bocado.
A confesión de parte, revelación de prueba.
Si al animalito no se le quitó la silla, ni se le tocó, siquiera, al bocado, señal evidente de que no se le había apiensado ni cuidado.
Con estas confesiones, quedó al descubierto lo que el dueño de la yegua torda se había propuesto y había conseguido.
*** Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 139-140. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940.


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