lunes, 5 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LUIS BRICEÑO, 66.

 ¿ME HABRÁN ENGAÑADO?.

Don Herminio fue uno de los principales capitalistas de la ciudad.

Esa cualidad de capitalista principal, se la daba la gente en la ciudad donde nació y residía, porque allí sabían todos que el saldo de su cuenta corriente en la sucursal del Banco de España en aquella plaza se acercaba mucho al millón de pesetas; porque el dinero que tenía colocado en hipotecas bien garantidas [sic, garantizadas], pasaba del millón de pesetas; porque las tres dehesas que poseía, valían más de cien mil duros [500000 de las antiguas pesetas; aprox. 3000€]; porque eran suyos varios predios urbanos de los mejorcitos que existían en la población; porque era dueño y titular de una de las farmacias más acreditadas en la localidad; porque era soltero, sin compromiso de ninguna clase, y ... porque se hospedaba en casa de un hermano, también pudiente, que, como era natural, no le cobraba hospedaje de ninguna clase.

Independientemente de los conocimientos que acreditaba con la posesión de su título de farmacéutico, estaba tan compenetrado con la Economía, aunque tergiversara caprichosamente el recto sentido de la palabra, en el exclusivo del ahorro, hasta tal punto que sólo la apreciaba, para sus actos, en la acepción única de miseria baja y ruin, que llevaba, en la estrechez de sus gastos, a la misma pobreza más extremada ...

La parsimonia era tan demasiada, que cabía franca y holgadamente en la mezquindad y aún en la avaricia.

La moderación de sus gastos era tan grande que le llevaba a proceder como el más mísero. Su innoble y despreciable tacañería lo ponía a la altura del más falto de lo necesario, del más carente de lo indispensable.

Su mísera condición entraba en lo más indigno, vil y abyecto. 

Don Herminio, glotón y goloso, andaba siempre a la caza de la despensa. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

Todo su vivir se concentraba en el afán desordenado de adquirir, de poseer riquezas, sólo y exclusivamente por el placer de atesorarlas.

Por eso no era extraño verle vestido con ropa desechada por sus familiares y con calzado tan malo y estropeado como el que rueda algunas veces por los muladares.

Aparte del aspecto miserable de su carácter, que se deja consignado, don Herminio era glotón y muy goloso. No obstante la excelente comida con que diariamente regalaban su gula, en casa del hermano con quien vivía, siempre andaba a la caza de la despensa, y lo mismo engullía, a escondidas, un trozo de embutido o de cualquiera otra chacina, que las pastas o golosinas preparadas para la merienda o piscolabis de mayores y menores.

En cierta ocasión, en que quiso dar a sus familiares un ejemplo de independencia en el vestir, marchó, a pie, naturalmente, a una población fronteriza, cercana a la de su residencia, al señuelo de un anuncio de prensa, inserto en un diario de aquella población extraña, en que se señalaban, en almoneda, precios inverosímiles, por lo baratos, a determinadas prendas de caballero.

Y, al efecto, adquirió un pantalón que sustituyó, allí mismo, al gastadísimo, descolorido e inservible que llevaba.

Fuera ya de la zona extraña, aguardó ocasión en que, por una bicoca, le trasladaran a su residencia habitual, en la cabina de un camión de carga.

Conversando con el conductor, a quien conocía como paisano, le hizo saber, en charla general, la compra que había realizado, indicándole, al efecto, la prenda objeto de su adquisición, y diciéndole:

—¿Qué le parece el pantalón que he adquirido?

—¿En cuánto?

—En diez reales [la mitad de un duro, es decir, 2,50 pesetas; 0,015€].

—¡Phs! ... No está mal.

—¿Cómo que no está mal? ¡Tuviera que ver! ¿Usted entiende de esto?... ¡Fíjese bien ... ¿Me habrán engañado? 

Fuente: “AMAPOLAS Y JARAMAGOS: cuentos, anécdotas, narraciones y chascarrillos”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 147-148. Primera edición, Gráficas Morales, Jaén, 1.940. 

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