jueves, 11 de junio de 2026

17/36. “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR”, por LUIS BRICEÑO.

JURAMENTO DE AMOR.1ª parte.

«”La hija de los dueños de la venta, adiestraba, según sabemos, al nuevo empleado de la misma, en los quehaceres en que la iba sustituyendo.

Al decir lo cierto, ya estaba bastante bien impuesto en todos ellos; pero simpatizaba tanto con él … ; le agradaba de modo tal, sonándole a melodías, la dulce entonación con que hablaba … ; le embelesaban de tal manera sus decires … ; le rendían con tal fuerza sus atenciones y delicadezas, y decía unas frases tan gratas y tan bien encajadas en sus gustos que, la verdad, no acertaba a renunciar voluntariamente al placer de dialogar con tan singular compañero, sobre todo cuando no les estorbaba la impertinencia de cualquier testigo.

Aquella mañana, cual otras muchas, se habían levantado ambos bastante temprano; los dos, entre otras faenas, habían dispuesto y suministrado el primer pienso de los irracionales estabulados; los dos habían ordeñado a los animales de leche y entregado para su cocción la obtenida. También habían soltado al monte y a los prados los cuadrúpedos de pasto libre, guiándoles hacia aquéllos.

Ahora descansaban, dialogando plácidamente, frente al establecimiento, en la apacible semisombra de un como apretado haz de arboleda, en cuya espesura acostumbraban a pasar todos los veranos las hora de mayor calor.

[Ambientación] La niña de la venta en conversación con el nuevo empleado. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

El sol, bastante levantado sobre el horizonte, lo invadía todo con sus fulgentes rayos y elevaba la temperatura, caldeando el ambiente. De vez en cuando, alguna que otra nube blanca, con blancura de vellón de tierno corderillo, navegando, lenta, a impulsos de suave brisa, interceptaba sus rayos, temblando momentáneamente sus ardores. El ganado libre, pacía tranquilo; las aves errantes, volando de árbol en árbol, entonaban alegres cantares; diversas mariposas, de colores varios, libaban de flor en flor, y el agua de las emanaciones de la sierra, se deslizaba, susurrante, cuneta allá, buscando niveles más bajos.

Por el ancho y espacioso camino público mediato, marchaba un viandante, a lomos de pacífica caballería, entonando copla de aires populares, para alegrar, seguramente, la soledad de su viajata:

<Aunque tú nada me digas, / ni nada te diga yo, / nuestras almas, niña hermosa, / se han entendido las dos.>

En este momento, pregunta el novel empleado a su ama y compañera:

-¿Has escuchado? No parece sino que el autor de las copla ha adivinado nuestra situación espiritual. ¡Que directamente nos salude!

-Es verdad, es copla muy interesante. ¡Quién la habrá sacado!

-Algún poeta que, sin duda, ha vivido lo que nos ocurre a los dos.

-¡Poeta! No conozco lo que escriben, si se exceptúa alguna que otra copla de las que se cantan por aquí.

-¿De modo que no conoces -se tuteaban desde los primeros días- más versos ni más poesías que la de esas coplas vulgares que ruedan de boca en boca, y que tan poco se parecen a la que entona ese caminante?

[Ambientación] Después del trabajo diario. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

-Nada más. ¿Quién me las iba a dar a conocer y mucho menos a enseñar? ¿La pobre maestra que por cinco pesetas mensuales y algún que otro regalillo, en especie, acudía diariamente a casa, durante poco más de una hora, hasta ponerme en el deletreo que pudiste apreciar? ...

-Es verdad, es verdad; no me daba ahora cuenta de ello. Pues sí; hay cerebros privilegiados que saben combinar sus decires, especialmente escritos, de tal modo que, penetrando en el alma del que los lee o escucha, la elevan sobre lo común y ordinario, transportándola a regiones espirituales donde no hay más que placer, embeleso y dulce encantamiento.

-¡Qué gusto disfrutar de estas delicias! ... ¿Cómo es que tú, tan amable, tan complaciente no me hayas proporcionado ya esa satisfacción? ... No te lo perdono, pollo, y te castigo a que cuando bajes a la ciudad, lo antes posible, arregles las cosas de modo que adquieras de esa clase de libros y escuche yo, de su lectura, esa clase de lenguaje.

-¡Ah, amiguita mía! No es necesario. Precisamente un profesor que yo tuve, mi principal educador y conductor, conociendo mis aficiones a la poesía, me daba a leer textos de dos paisanos suyos, poetas, a los que admiraba con veneración positiva, y me hacía declamar sus composiciones, muchas de las cuales aprendí de memoria.

-¿Y las recuerdas bien?

-Sí; con todo detalle.

-Pues, ansiosa, aguardo que repitas algunas.

-Allá va la titulada

<El año Campestre> (1)

¡Cuánta hermosura en la tierra! / Parece el prado un vivero; / Las rocas están vestidas / De la felpa del helecho, / De las mieses, ya espigadas, / Cuando las inclina el viento, / Ocultan formando un toldo, / De las hazas los linderos. / Vense bardales y tapias / De enredaderas cubiertos, / De amapolas los sembrados, / De juncias los arroyuelos; / Y para colmo de vida, / Crecen cardos en los yermos, / Y malvas y jaramagos / En las calles y los techos. / A los perfumes silvestres / Que en los campos toma el céfiro, / Del toronjil y el mastranto, / Del hinojo y el cantueso, / Se juntan los de la albahaca, / El azahar y el espliego, / Que embalsaman el ambiente, / De los jardines y huertos. / Ya tusadas crin y cola, / Grabado en el anca el hierro. / Y en brillante pelo corto / Trocado el sucio de invierno, / El potro, cual sí sintiera / Hervir en sus venas fuego, / Resopla, piafa, relincha / Y ensaya en correr sus remos. / El rico vellón de lana / Entrega el manso cordero, / Y tábanos zumbadores / Persiguen a los becerros, / Que parten, perdido el tino, / Y jadeando y mugiendo, / En busca del valle umbroso / Donde está el abrevadero. / Madura el albaricoque, / Más fino que el terciopelo; / Pica el gorrión en la breva, / Que de miel guarda un venero / Y la mazorca, que agita / Un penacho como un yelmo, / Sus tocas pajizas abre, / Mostrando el grano bermejo. /

[Ambientación] Vida rural y celebración campesina. Fuente: Imagen creada por ChatGPT. 

Pasa el rústico la noche / Los melonares cubriendo / Con paja para librarlos / Del influjo del sereno. / Y frente a las madrigueras, / El arma al brazo, en acecho / De los topos y lirones, / Para su daño despiertos . / Más pronto la escena cambia: / Derrama el sol vivo fuego, / Y, como al salir de un horno, / Abrasa y sofoca el viento, / Que lleva sus alas, / En vez de aromas, suspenso / El polvo de los terrones / Que el calor va deshaciendo. / En pedregal se convierte, / O en bancos de arena, el lecho / Del arroyo, que era un río / Sin vado alguno en invierno. / De la Aurora los fulgores / Tiñen de rojo sangriento / La bruma caliginosa / Que se levanta del suelo, / Semejante a la abrasada / Humareda de un incendio, / Y se alza el sol, y se aspira / La atmósfera del desierto. / Entonces, debajo de otro / La testuz guarda el carnero, / La yeguada se mosquea / Juntándose en corro estrecho. / Y la perdiz y la alondra / Están en el pico abierto / Y con las alas caídas, / A la sombra de los setos. / Tan solo el calor resisten / Los zumbadores insectos / Cuyas corazas de oro / Despiden vivos reflejos; / Las tórtolas, que, escudadas / Por el pabellón espeso / De los pinos, siempre verdes / De uno en otro van gimiendo / Y las cigarras ventrudas, / Que redoblan su concierto, / Saltando a la espiga seca, / Que se desgrana a su peso. / ¡Infeliz del campesino / Que, sudando, sin aliento / Y abrasadas las espadas. / Va por los valles y oteros, / El trigo rubio segando, / Que convertido en pan tierno, / En manos del poderoso / Ha de ver, quizás hambriento! / Pero él triste, con su sino / Resignado y satisfecho, / Apenas si para mientes / En el día venidero, / Y duerme sobre la hacina / Tranquilo, mientras su dueño / Tal vez procura y no logra / Cerrar sus ojos despiertos. / Cuando repara en que apenas / Proyecta sombra su cuerpo, / ¡Con qué placer deja el tajo, / Y en el parral, a cubierto, / Bebe a chorro en el botijo, / Aliña el gazpacho fresco, / O abre la roja sandía, / Que cruje bajo sus dedos! / Y cuando llega la noche, / ¡Qué bullicio, qué contento / En las parvas de las eras, / Que sirven de mesa y lecho! / Hasta el capataz se olvida / De su alto rango y empleo, / Y en vez de acallar la zambra / Alegre baila en el ruedo. / Con alguna escogedora / De buen talle y ojos negros, / Que de amapolas y espigas / Orló su rostro moreno. / Aquí un mozo enamorado / Está a solas y en silencio / Ensartando arreboleras / Para aquella que ve en sueños; / Allí las espigadoras / Van buscando por los setos / Luciérnagas encendidas / Para adornar sus cabellos. / Y allá, en la vereda, se oyen / Los cantos del pasajero, / Que, más que cantos, parecen / Gemidos que lleva el viento. / Mas bien pronto no se escucha / Otro rumor en el suelo / Que el del grillo, que ha tomado / De las cigarras el puesto. / Entonces, de las estrellas / A los fugaces reflejos, / Responden nubes lejanas, / Ocultas tras de los cerros, / Con súbitos fusilazos /que encienden de grana el cielo, / Y que anuncian otro día / De más calor que el ya muerto.

(1) José Velarde.- Obras poéticas.- Tomo segundo.- Poemas.- Páginas 183-II. “» // Esta pieza también se puede leer en el siguiente enlace, pudiéndose aprovechar para ver otras poesías del poeta conileño: AQUÍ.

CONTINUARÁ CON “JURAMENTO DE AMOR, 2ª parte”, el 12 junio 2026. 

*** Fuente: “LA FUERZA DE UN PRIMER AMOR: novela de notorio matiz ingenuo, de escasa traba episódica y de carácter sentimental”, por Luis Briceño Ramírez, p.p. 93-111. Diario Jaén, Talleres Gráficos, s/f. 

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