miércoles, 4 de noviembre de 2026

LAS COSAS DE Rosal-IA: “LOS TRATANTES” (1923).

 

Qué fotografía tan sugerente. Si aceptamos el punto de partida de que estamos en Conil, en 1923, en un bar de una plaza céntrica, la imagen se puede convertir en una pequeña novela. ¡Lo que la imagen sugiere!

Se ven dos hombres bien vestidos, con sombreros de ala rígida, traje y corbata. No parecen jornaleros que hayan hecho un alto en la faena; su ropa transmite cierta posición o, al menos, el deseo de proyectarla. Están sentados con tranquilidad, sin prisas. Sobre la mesa destacan varias botellas de vidrio oscuro y unos vasos pequeños, probablemente para vino o algún licor.

Detrás de ellos, la plaza continúa con su vida cotidiana. Hay otras mesas, algunas personas conversando y una fachada blanca. No parece un día de fiesta multitudinaria; más bien un mediodía cualquiera, cuando el calor obliga a buscar la sombra y la conversación.

El hombre de la izquierda podría llamarse Don Ricardo, propietario de unas tierras de viñas o intermediario en la compraventa de productos agrícolas. Tiene la expresión de quien escucha mucho antes de hablar. Su mano descansa sobre la mesa con naturalidad, como si llevara media hora negociando.

El de la derecha, Don Manuel, quizá haya llegado esa misma mañana desde Cádiz o desde Vejer. Es representante de una casa comercial que compra vino, aceite o conservas para enviarlos a otros mercados. Habla más deprisa y gesticula ligeramente, aunque intenta mantener la compostura.

Las botellas no están ahí para beber únicamente. Son la mercancía. Una contiene el vino de la última cosecha. Otra, una partida distinta, quizá de una bodega vecina. Se prueban, se comparan y se discute el precio mientras el camarero observa de lejos, fingiendo desinterés.

—Tiene buen color ... pero este año la uva ha sufrido el levante.

—Precisamente por eso vale más.

El camarero ya conoce la historia. No aparece en la fotografía, pero lleva veinte minutos pendiente de ellos. Sabe perfectamente que pedirán otro vaso, pero no otra botella. Sabe, también, que ninguno quiere ser el primero en levantarse, porque quien se levanta suele ser quien acepta las condiciones del otro. Mientras limpia el mostrador, piensa:

"Estos dos no vienen por el vino. Vienen por las pesetas."

Están en la plaza céntrica de Conil, es 1923. España acaba de entrar en la dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, en un pueblo como Conil las noticias nacionales llegan despacio y se mezclan con preocupaciones mucho más inmediatas: si habrá buena temporada de almadraba; cuánto pagarán por el trigo; si lloverá antes del otoño;

quién ha comprado la finca del pago vecino; qué muchacho se marcha a Cádiz buscando un oficio. En la plaza, la política se comenta en voz baja. La economía doméstica, en voz alta.

Los fotógrafos todavía son un acontecimiento. Y en la imagen aparece otro detalle bonito. En 1923 no era habitual que alguien sacara una cámara y fotografiara una escena cotidiana. Es muy posible que ambos hombres advirtieran la presencia del fotógrafo. El de la izquierda parece aceptar el retrato con cierta serenidad, incluso con un punto de orgullo. El de la derecha continúa mirando hacia otro lado, quizá porque alguien acaba de llamarlo o porque quiere aparentar que la fotografía no le interesa. En realidad, ambos son perfectamente conscientes de estar siendo retratados.

Hay algo que no se aprecia y es el sonido, que falta. Si se pudiera escuchar la escena ...

se oiría sillas de enea arrastrándose sobre el suelo, el golpear de los vasos contra la madera, algún burro pasando lentamente por la calle, una campana marcando la hora, el murmullo de conversaciones donde se mezclan el habla conileña, el reconocible “deje”, bromas, regateos y noticias llegadas en el correo de la mañana. No existiría el ruido de motores constante al que estamos acostumbrados hoy. El silencio sería mucho más profundo entre conversación y conversación.

Un pequeño detalle humano. Quizá ninguno de los dos sospechaba que, más de un siglo después, alguien observaría aquella sobremesa preguntándose quiénes eran. Para ellos era un día completamente normal. Habían salido de casa pensando únicamente en resolver un negocio, tomar un vino y volver antes de comer. Sin saberlo, acababan de regalarle un instante a la historia.

Y un último giro, puramente literario. Imaginar que el acuerdo nunca llegó a cerrarse. Que discutieron durante otra media hora. Que uno se levantó diciendo:

—"Ya volveremos a hablar cuando pase la feria."

Y que, cien años después, la fotografía sigue mostrando exactamente ese instante suspendido: dos hombres frente a frente, unas botellas entre ambos y una negociación que permanecerá eternamente sin desenlace. Eso es, quizá, lo más hermoso de las fotografías antiguas: no solo conservan rostros; conservan preguntas. Y esas preguntas permiten que cada generación vuelva a inventar la historia que pudo haber sucedido en torno a una mesa de un bar de la céntrica plaza de Conil en aquel lejano 1923.

*** Fuente: Narración obtenida con la ayuda de Rosal-IA, alias utilizado para designar la moderna herramienta de Inteligencia Artificial, en este caso, ChatGPT. La fotografía pertenece a la colección de Raíces Conileñas, y fue publicada en la página 42 de “CONIL EN LA MEMORIA”, 2004. Ni que decir tiene que la “céntrica plaza” no es otra que la Plaza España.

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